miércoles, 30 de marzo de 2016

LOPE DE AGUIRRE:

LOCO SÍ, TONTO NO






El Perú tuvo que ser conquistado dos veces, quizá por eso decimos -o decíamos- que algo que vale un Perú es que vale mucho. La primera conquista fue la de Pizarro y sus hombres de armas, la banda de guerra que acabó con el imperio incaico. Eso fue al rematar el año de 1532, cuando los castellanos apresaron al inca Atahualpa, aunque la lucha contra la resistencia indígena no terminara del todo ahí.


Guerreros incas en tiempos de la Conquista.
Ilustración de Angus MacBride (Osprey Publishing).

Pero la codicia de Pizarro y el rencor de Diego de Almagro, su lugarteniente, obligaron a la corona a reconquistar el territorio tras una serie de guerras civiles que se libraron entre 1537 y 1554. Uno de los protagonistas de aquel fratricidio fue un aventurero castellano, el hidalgo Lope de Aguirre (1510-1561). Sí, he dicho castellano, pues la villa donde nació, Oñate, perteneció al Reino de Castilla hasta 1845, año en que se integró en la provincia de Guipúzcoa.

En 1536 o 1537, Lope llegó al Nuevo Mundo. Tomó partido por el primer virrey del Perú, Blasco Núñez Vela, contra Gonzalo Pizarro, hermano menor de Francisco y caudillo de los encomenderos rebeldes. Derrotado el virrey, Aguirre huyó. En 1551 volvió a Perú, donde fue juzgado por maltrato a los indígenas y, a pesar de su hidalguía, sentenciado a públicos azotes. Insultado y despechado, no tuvo otra mira en varios años que vengarse del juez que lo ofendió, Francisco de Esquivel, a quien dio muerte en 1554. A pique de subir al patíbulo por ello, el corregidor Alonso de Alvarado lo indulta y lo recluta para continuar la lucha contra los encomenderos rebeldes.

Fuente: Wikipedia.
Terminadas las guerras civiles peruanas, el virrey Hurtado de Mendoza se quita de encima a las catervas de soldados licenciados y ociosos animándolos a encontrar El Dorado. El veterano Pedro de Ursúa parte de Lima con trescientos españoles y remonta el río Marañón, de ahí el nombre de los aventureros: marañones.

Un año más tarde, Aguirre se amotina y mata a Ursúa. El 23 de marzo de 1561, Lope, que se apela El Peregrino, obliga a sus marañones a firmar una carta para el rey de España, Felipe II, en la que le anuncia que se proclama Príncipe del Perú, Tierra Firme y Chile. Firma como El Traidor. Lope de Aguirre y sus cimarrones renegaban de España y, por tanto, el Austria podía dar Las Indias por perdidas. O eso pretendían.

Siete meses más tarde, el 26 de octubre de 1561, sus camaradas lo matan, lo descuartizan y conservan su cabeza para exponer su rostro, de nuevo, a la pública vergüenza. Desde entonces, Aguirre ha sido tachado de criminal megalómano, cruel hasta el sadismo y paranoico, de ahí Aguirre El LocoY sin embargo, dos siglos más tarde, tal sedición fue considerada por Simón Bolívar la primera declaración de independencia americana y, por tanto, reivindicó a Aguirre como un adelantado de la liberación.


A los lados, rodelero y piquero en América (S. XVI). 
Según la ilustración, el que los acompaña es un arcabucero, 
pero por el tamaño de su arma y la horquilla tendría que ser, 
más bien, un mosquetero.
Ilustrador: Angus MacBride (Osprey Publishing).

Aquella carta es hoy resonante. Para esta entrada he seleccionado párrafos del original, conservado en el Archivo de Indias y accesible en Internet. Con ustedes, españoles del siglo XXI, Lope de Aguirre El Loco, cimarrón y traidor, un insumiso de hace cinco siglos...

"Te aviso, rey español, que, para tan buenos vasallos como tienes en estas tierras, que no nos queda otra que salir de tu obediencia. La culpa es de las grandes cargas e injusticias que sufrimos de tus ministros que, por remediar a sus hijos y criados, usurpan y roban nuestra fama, vida y honra. Así hacen creer que todo súbdito inocente es loco y muestran con ello que tu gobierno es aire".

"Cuida, rey español, de no ser cruel con tus vasallos, ni ingrato con ellos, pues estando tu padre y tú en los reinos de Castilla, sin ninguna zozobra, te han dado tus vasallos, a costa de su sangre y hacienda, todo lo que en estas y otras partes tienes. Y mira, rey, que no puedes llevar el título de justo en una nación donde no aventuraste nada, sin que los que en ella han trabajado sean gratificados. Qué lástima tan grande que tu padre gastase tanta moneda, por eso duélete de alimentar los pobres cansados en los frutos y réditos de esta tierra, y mira, rey, que, aunque solo sea en la posteridad, para todos hay justicia y premio, paraíso e infierno. Es verdad que son pocos los reyes que van al infierno, porque no sois muchos; que si muchos fueseis ninguno podría ir al Cielo, porque creo que allí seríais peores que Lucifer, según tenéis codicia y ambición".

"Atiende, rey católico, a la corrupción de los clérigos de esta nación. Si quieres saber la vida que tienen, te diré que entienden de mercaderías y de bienes temporales, y de vender los sacramentos de la Iglesia al mejor postor; y que son enemigos de los pobres, gente sin caridad, ambiciosos, glotones y soberbios como cortesanos. Por cierto, no hacen falta testigos para avisarte de cómo estos, tus ministros, tienen cada año cuatro mil pesos de salario y ocho mil de costa, y al cabo de tres años tienen cada uno sesenta mil pesos ahorrados, y heredamientos y posesiones; y con todo esto, quieren que cada vez que los topemos, nos hinquemos de rodillas y los adoremos como a Nabucodonosor; cosa insufrible, por cierto. Ojo con ellos, pues tienen un refrán que los resume: A tuerto y a derecho, nuestra casa hasta el techo".


Ni tan loco el Loco Aguirre, ¿verdad? Como en el chiste del majara subido en la tapia del manicomio: "Yo estoy aquí por loco, amigo, no por tonto".

Puedes leer la entrada anterior de este blog aquí:
http://escribirhistorica.blogspot.com.es/2016/03/el-ultimo-trago-de-cristo-no-lo-busques.html

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miércoles, 23 de marzo de 2016

EL ÚLTIMO TRAGO DE CRISTO




No lo busques en el cuadro de Leonardo da Vinci que tantas elucubraciones le provocó a Dan Brown. Y tantos royalties, claro. No, su último trago mortal no lo tomó Cristo del Santo Grial en la Última Cena, colmado de su propia sangre en la institución de la eucaristía. Lo bebió en la cruz, incumpliendo, por cierto, su propia palabra. Y no lo digo yo, lo cuentan los evangelistas.

Lucas, Marcos y Mateo incluyen este episodio entre las humillaciones y tormentos de la Pasión del INRI. Así lo cuenta Lucas en su evangelio (23:36-37):
"Y le escarnecían también los soldados, que se acercaban a Él ofreciéndole vinagre y diciendo: Si eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo".

Sayones barrocos del paso
de la Crucifixión ("Sed tengo"), 

que abre esta entrada.
Gregorio Fernández. Valladolid, 1612.

Con ánimo vejatorio pasó aquella escena al imaginario cristiano, agravado, según la versión del evangelista Mateo (27:34), con la suma de hiel al vinagre. También hay cristianos que juran que el Hijo de Dios no quiso beber nunca de la esponja que le ofrecían. Se basan en que en la Última Cena tomó el cáliz, lo pasó a sus discípulos y les dijo:
"Tomadlo y distribuidlo entre vosotros; porque os digo que desde ahora no beberé del fruto de la vid hasta que llegue el reino de Dios" (Lucas, 22:17-18)
Y Jesucristo fue consecuente cuando, según Marcos (15:22-23), lo llevaban al Gólgota...
"...que quiere decir lugar de la calavera, y le dieron vino mirrado, pero no lo tomó".
El vino con mirra, aquel bálsamo carísimo, más que el oro y el incienso, que le ofreció Gaspar en el pesebre treinta y tres años antes, podría actuar como una especie de analgésico. Entraba en las fórmulas de los embalsamadores desde el Antiguo Egipto y de los perfumistas orientales. Su sabor era muy amargo, símbolo, pues, de la Pasión.


Tríptico de la Crucifixión.
Maestro de la Virgo inter Virgenes (1495).
Debajo, detalle de la esponja de vinagre.

Pero, llegados aquí, siento desdecir a quienes niegan que Jesús bebiera tras jurar que nunca más lo haría. Y, para más inri, lo hago con sus propias armas, pues para eso traigo a Juan, el evangelista del águila:
"Sabiendo Jesús que todo estaba ya consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo: Tengo sed. Había allí un botijo lleno de vinagre. Fijaron en una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se lo llevaron a la boca. Cuando hubo gustado el vinagre, dijo Jesús: Todo está acabado, e inclinando la cabeza, entregó el espíritu" (19:29-30)
Y ahora me meto en berenjales, en jardines y en camisa de once varas. A despecho de algunos pasajes del Nuevo Testamento, traigo a esta entrada la duodécima estación del Vía Crucis -la crucifixión- para plantear que la ofrenda de vinagre al Cristo no fue humillante, sino compasiva. Y hasta solidaria...


Legionario de tiempos de Tiberio.
Fuente: The Roman Army 
from Caesar to Trajan.
Ilustrador: Ron Embleton.
Osprey Publishing.
Hay quien afirma que el legionario que le dio de beber en la cruz lo hizo para terminar con su padecimiento. Colgado de los brazos, con los nervios rotos por los clavos de las muñecas, el crucificado agonizaba de asfixia muy lentamente. Al beber de aquella esponja empapada en vinagre, terminó de ahogarse y murió, que es lo que narran los evangelios. Si no, podría haber colgado de la cruz varios días, hasta que, probablemente, le hubieran roto las rodillas a martillazos para que se descolgara y se asfixiara por fin.

En todo caso, lo califico de acto de compasión porque, si fue un soldado de las legiones del emperador Tiberio (42 a.C.-37 d.C.) el que le dio el vinagre, le ofrecía exactamente lo mismo que bebía él. No veo, por tanto, escarnio en su acción; al contrario, salvo que hubiera escupido en la esponja. Aquel trago de Cristo justo antes de expirar fue gemelo del que, en los campamentos legionarios, tomaron los emperadores más castrenses. Y pongo a la Historia Augusta, colección de biografías imperiales, como testigo:
"El mismo Adriano acostumbraba a vivir la vida de campamento y, siguiendo el ejemplo de Escipión Emiliano, Metelo y Trajano, comía sin reparo al aire libre el rancho del legionario: lardo, queso y vinagre".
Según Plutarco, Catón el Viejo, ejemplo de virtudes viriles romanas, también seguía esa dieta. Vivió entre los siglos III y II a.C., en plena República romana, cuando las legiones establecieron ya tal rancho.


Marco Porcio Catón.
El lardo es manteca de cerdo, pero el dichoso vinagre no era tal simplificación. Hablamos de acetum, o aceto, una mezcla de vino agrio, estropeado en almacén, que los romanos mezclaban con agua y hierbas aromáticas. Más o menos, e insisto, más o menos, el hoy despreciado -por saturación- aceite de Módena, que tan de moda estuvo en las ensaladas de canónigos, otro alimento demodé. Esa bebida, ese "vinagre", se conocía como posca y era muy popular entre la plebe romana. Es lógico, pues, que los legionarios que intervinieron en la ejecución del Cristo ("el ungido") tuvieran cerca una vasija de posca: debía de hacer calor a primera hora de la tarde en el Gólgota en plena primavera (atendiendo siempre a la tradición y fechas cristianas, claro).

La posca reunía, aparte de la obvia hidratación, cualidades analgésicas, antisépticas al mezclarla con agua insalubre y hemostáticas, es decir, ayudaba a contener las hemorragias. A mayores, aportaba calorías y vitamina C, por lo que prevenía el escorbuto.

Aulio Cornelio Celso.
Así pues, no solo formaba parte de la dieta legionaria, sino de su botiquín de campaña. Aulo Cornelio Celso, galeno romano del siglo I, lo confirma: "Toda herida debe ser limpiada y se ha de aplicar una esponja escurrida en aceto". La posca tenía otra ventaja: no embriagaba, ni de lejos, como el vino, o como la cerveza en el limes germano, por lo que alejaba a los legionarios de la indisciplina. Estos llegaron a identificarse tanto con su bebida que hay quien dice que la soldadesca consideraba propio de afeminados el beber vino. No creo que en los saqueos o en los permisos se pusieran tan melindrosos: "¡Uy, no, por Baco! Vino no, yo soy más de posca...".



La Crucifixión (detalle de la esponja).
Jacopo Comin, Il Tintoretto (1565).

Dicen también que la esponja del último trago del INRI está repartida en trozos por toda la Cristiandad. Una porción de tal reliquia se encuentra en la Sainte Chapelle, la capilla real de la Île de la Cité, en París. Luis IX se la compró en 1241, junto con la corona de espinas y la moharra de la lanza de Longinos, al último emperador latino de Bizancio, Balduino II. También adquirió una parte de la Vera Cruz; hay tantos santuarios que se ufanan de tener astillas de la cruz de Cristo que, reuniéndolas todas, se podría construir una flota entera de galeones de Indias. Felipe II, que coleccionó en su vida 800 reliquias, también guardó en El Escorial un pedacito de la avinagrada esponja.


INRI: Iesus Nazaraenus Rex Iudaeorum,
Jesús el Nazareno, Rey de los Judíos.
Detalle de Cristo crucificado.
Diego Velázquez (cca. 1632).

Con aquel suplicio, al Mesías se le negaba su condición de Rey de los Judíos; y más que Roma, se la negaban los propios hebreos. Seguro que alguno de ellos vio en aquel sorbo de posca del reo una demostración de su impiedad, pues ningún judío podía tomar el jugo de la vid si lo habían manipulado manos gentiles. Por tanto, el aceto mezclado que Cristo bebió no era puro, no era kosher, y él era un impío a ojos de los ortodoxos. Un hereje, además de un antisistema.

En fin, que la posca no murió con el Imperio de Occidente. En el año 360, el Código Teodosiano la regula:
"Es costumbre en tiempo de campaña distribuir entre las tropas galletas y pan, vino y vinagre, así como lardo y cordero".
Las "galletas" son el bucellatum, la durísima torta castrense, dos veces horneada: cuanto menos agua, menos se echa a perder. De ella toman su nombre los guardias personales de los generales y los potentados romanos de la Antigüedad Tardía, los bucelarios, que tenían asegurada la galleta. Así que los soldados bizantinos, defensores del Imperio de Oriente, siguieron tomando vino agrio mezclado, pero con el nombre en griego: phouska.


Magister militum tardoimperial
escoltado por su draconarius (centro)
y un bucelario(izquierda).
Desperta ferro, portada #1.

Conclusión: si Dimás, el Buen Ladrón, y Longinos, convertido tras herir al Mesías en el costado, fueron al Cielo, ¿cómo no habría de ir aquel anónimo y compasivo legionario que regaló a Cristo su último trago mortal? Digo yo, que soy un descreído echado a perder.



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miércoles, 16 de marzo de 2016

LOS REFUGIADOS 

QUE DERRIBARON UN IMPERIO





Hace mil seiscientos cuarenta años, Europa vivió otra crisis de refugiados que tuvo resultados muy graves para aquel presente y, por descontado, consecuencias decisivas para el nuestro. Lo que hoy somos los europeos, y con más razón los españoles, tiene muchísimo que ver con lo que pasó a orillas del Danubio en el año 376.

"Roma no se hizo en un día", solemos sentenciar. Y nos parece una cosa de sentido común. Sin embargo, mucha gente aún cree que el Imperio cayó en una jornada del año 410, cuando Alarico y sus godos entraron como los Cuatro Jinetes del Apocalipsis en la Ciudad Eterna. Para empezar no hubo saqueo desenfrenado, violación y matanza, pues el caudillo bárbaro no lo permitió. Así que la pintura de Ulpiano Checa de aquí abajo tiene más de fantasía que de realidad histórica.


La invasión de los bárbaros, Ulpiano Checa (1887).

Naturalmente, aquella derrota romana se vivió como si del fin del mundo se tratara y, en cierto modo, así fue: otra civilización entonaba su canto del cisne. Pero la verdad es que el Imperio Romano de Occidente llevaba casi dos siglos cayendo y aún tuvieron que pasar sesenta y seis años para que Rómulo Augústulo, el último emperador, fuera depuesto en 476 por el hérulo Odoacro. Bizancio, la Roma de Oriente, sobrevivió hasta que los otomanos derribaron los muros de Constantinopla en el siglo XV.

Aquellos bárbaros no eran, ni de lejos, los de Checa, y tampoco los que el artista francés Joseph-Nöel Sylvestre pintó en 1890 en el cuadro que abre esta entrada, titulado El saco de Roma. Para empezar, no estaban tan desnudos de ropa ni, por supuesto, de panoplia, pues fueron sumando al suyo el armamento y las tácticas de sus enemigos, romanos incluidos.


Guerrero visigodo
con espada y casco romanos.
Ilustración de Angus McBride
en Germanic Warrior (236-568),
para Osprey Publishing.
Según el historiador Amiano Marcelino (330-400), los godos venían de una "isla" boreal a la que llama Escandia. Pueden ser la Península Escandinava o la isla de Gotland, Gocia en español. En todo caso, era un territorio superpoblado, lo que empujó a parte de su población a emigrar. Los emigrantes desembarcan en lo que Amiano llama Gotiscandia, que se corresponde con la costa de la actual Polonia. Luego viajan hacia el sur hasta alcanzar la orilla norte del Mar Negro, en la actual Ucrania. Vencen a sármatas, alanos y a otros pueblos de la zona y aprenden de ellos técnicas bélicas que rápidamente hacen suyas. Parte de su éxito militar, y el origen de otra simplificación histórica que te contaré al final, fue la adopción de la caballería pesada alano-sármata, con jinetes y caballos acorazados y picas de carga. 

Pero ya sabemos que nada dura para siempre, y, si no, que se lo pregunten a los romanos...


Recorrido godo por Eurasia (ss. III-VI).

Zona de fricción entre godos y romanos.


En ese mismo siglo de la gran emigración goda, el tercero de nuestra era, Roma se sume, y muy a conciencia, en lo que los historiadores llaman Crisis del siglo III. Hasta veintiocho emperadores se suceden en el trono, en una espiral de guerras civiles, asesinatos y usurpaciones. La Galia, Hispania y Britania, por un lado, y Palmira por otro crean estados independientes. Los persas sasánidas por el Este y los bárbaros por el norte -francos, alamanes, pictos, sajones, godos- presionan sobre el limes imperial. 

En lo económico, y gracias a la hiperinflación, nacen los brotes, nada verdes, del feudalismo, pues los pequeños propietarios renuncian a sus derechos de ciudadanía a cambio de la protección de los terratenientes. Sus descendientes quedan, de por vida, atados a la tierra. 

Y así hasta que dos "emperadores-soldados", Aureliano -serbio- y Diocleciano -croata- retoman a finales de siglo las riendas sueltas de la cuadriga romana y frenan a los caballos desbocados de Caos. Diocleciano establece la Tetrarquía, o Régimen de los Cuatro Emperadores, y prepara a los romanos para la idea de una división entre Oriente y Occidente, separación que se hará irreversible en 395.


Imperios romanos de Oriente y Occidente.

Mientras tanto, los godos, asentados en Escitia, miran con ojos lobunos la riqueza del Imperio. Codiciosos, se lanzan a saquear "por tuerto y por derecho" a los romanos fronterizos. Por tuerto, violando la frontera con incursiones y algaras y derrotando y matando al emperador Decio en 251; por derecho, ofreciéndose como mercenarios -foederati- para luchar contra otros bárbaros o en las guerras civiles por el cetro imperial, a cambio de paga y botín, claro. Y todo aliñado con tratados de paz que se incumplen y treguas muy frágiles. Esta especie de "ni contigo ni sin ti" se liquida en el año 370: en la lejanía resuenan los cascos de unos caballos que no dejan que vuelva a crecer la hierba...


¡¡¡Que vienen los hunos!!!


Godo "escita" carga contra un
guerrero huno desmontado.
Ilustrador: José Daniel Cabrera Peña.
Desperta ferro, #1.

De ellos dice Amiano Marcelino:
"Son seres imberbes, musculosos, salvajes, extraordinariamente resistentes al frío, al hambre y la sed, desfigurados por los ritos de deformación craneana y de circuncisión que practicaban, e ignorantes del fuego, de la cocina y de la vivienda".

Alargamiento artificial del cráneo de un noble huno.
Recreación de 
© Marcel Nyffenegger

Pero las organizadas tropas esteparias -olvídate de "hordas" y disculpas de ese estilo- caen sobre los alanos, que, a su vez, se echan sobre los godos greutungos, la rama gótica que llamamos "ostrogodos", y estos empujan a sus paisanos tervingios ("visigodos"), siempre en sentido este-oeste con variación sur. Así llegan los tervingios a Dacia (Rumanía), la provincia que tantos afanes le costó a Trajano conquistar y que Aureliano abandonó a su suerte. Los hunos avanzan sin rival, así que los godos tervingios, con su caudillo Atanarico, se encastillan en los Cárpatos. Vencidos y arrinconados, dos barones tervingios, Alavivo y Fritigerno, desertan con sus familias y clientes. Quieren atravesar el Danubio, frontera romana de hecho y de derecho, y pedir refugio al emperador oriental, Valente.


Cuenca del Danubio, frontera romana en el siglo IV.

Aunque en ese momento el emperador batalla con los sasánidas en Siria, les da permiso a los godos para cruzar el Danubio. Dispone que se les entreguen provisiones y acepta que se asienten en Tracia, al sur. Miles de visigodos colman barcas, almadías y monóxilas talladas con fuego en troncos. Según Amiano Marcelino, estaban tan desesperados que muchos cruzaron a nado y se ahogaron.


Los godos desembarcan en la margen romana.
Ilustración de Angus McBride

en Germanic Warrior (236-568),
para Osprey Publishing.


Al llegar a la orilla romana, se encuentran con el conde Lupicinio, gobernador de Tracia. "Conde" tiene su origen en la palabra latina comes ("compañero"), título de quienes vivían en la cercanía del emperador. Le acompañaba el jefe militar de la frontera, el duque, o dux, Máximo. Amiano los describe así:
"Su codicia siniestra fue la raíz de lo que vino [...] Los bárbaros, después de cruzar el río, llegaban hambrientos y exigían comida, y aquellos infames generales idearon un abominable trueque. Reunieron todos los perros que su insaciable codicia pudo reunir y se los cambiaron a los godos por un esclavo por cabeza".
Cuando a los refugiados no les quedaron esclavos que trocar, tuvieron que entregar a sus hijos como rehenes; los mayores pasaron a la recluta imperial como refuerzo de las legiones en Persia, una de las razones por la que Valente había autorizado su entrada en el imperio. Otra era la precaución ante unos refugiados que sabían combatir.

A pesar de las malas condiciones en las que llegaron a la orilla imperial, los tervingios se presentaron ante los romanos en condición de iguales. Sabían que el grueso de sus legiones estaba en Siria y de sobra eran conscientes de su propia destreza guerrera y de su número. Además, venían con sus familias, así que los guerreros solo tenían que ocuparse, llegado el caso, de pelear. Por eso los tervingios exigieron que los asentaran en la fértil Tracia. Lejos de eso, Lupicinio y Máximo los hacinaron en un inmenso campo de refugiados, justo en la ribera del Danubio, y empezaron a especular con la necesidad de los recién llegados.


Recreación de un adalid godo.
Angus McBride en
Germanic Warrior (236-568).
Osprey Publishing.

Y en eso estaban, en llenar sus bolsas a costa de los refugiados tervingios, cuando los greutungos fuerzan la frontera y se suman a sus paisanos. Como éramos pocos, parió la mula: el abandonado caudillo Atanarico también exige refugio, pero los romanos, que tenían con él un viejo acuerdo de paz, se lo niegan. Los godos rechazados se lanzan al saqueo de los territorios desprotegidos por las tropas de frontera, que no dan abasto para contener la avalancha. Lupicinio urde un plan...

Alavivo y Fritigerno son invitados a una cena en el palacio del gobernador; podrán comer y beber hasta hartarse y negociar la entrega de alimentos a los suyos. Pero los guardaespaldas de ambos caudillos no son admitidos en el salón de banquetes. Lupicinio ordena entonces el asesinato de sus invitados; Alavivo cae, pero Fritigerno escapa y alza a su gente. Comienza el saqueo, se multiplican los incendios y godos y romanos caen bajo la espada.

El emperador Valente, su draconario y su guardia personal
resisten a muerte en la batalla de Adrianópolis.
Ilustrador: Angus McBride.

La primera consecuencia es el desarrollo de una campaña militar de la que el propio emperador Valente ha de tomar el mando. Pero la segunda, y más importante, es su derrota en la batalla de Adrianópolis (09-08-378), donde la caballería pesada goda y su infantería amparada en laagers (fortines de carromatos), auxiliados por contingentes hunos y alanos, derrotan a los legionarios y matan a Valente. Hay quien dice, quizá exageradamente, que aquella victoria de la caballería marca el inicio de la Edad Media. Lo cierto es que los godos nunca volverán a sentirse por debajo de Roma: en 410 entran en la capital del Imperio y en 531 un visigodo, Teudis, es rey en Hispania.

Cuando recuerdes las crisis de refugiados en Ruanda o en Kosovo, o te informes sobre la que tiene lugar ahora en el Egeo, recuerda que otros refugiados cambiaron la Historia de Europa.



Puedes leer la entrada anterior de este blog aquí:

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miércoles, 9 de marzo de 2016

UN WASAP CON MUCHOS AIRES





"Con el ala aleve del leve abanico" debe de ser la aliteración más famosa de la lengua castellana, fruto de la inspiración del poeta de los dos nombres, Rubén Darío. Fíjate bien que no dice "leve", que es como a veces se recita, sino "aleve": alevoso, traidor, pérfido. Y con toda razón, ¿leve un abanico? Sí, sí, como el trabuco de Luis Candelas.

Nada de leve tenía, allá por el XVIII, el abaniqueo felón de una petimetra metida en sarao, el moroso vaivén de una maja endomingada, el abaneo insidioso de una mundana con más vueltas que la manga de una casaca, el pérfido mariposeo con aires de yonofuí de una casadera escoltada por su señora madre. ¡Nanai!


Chispero con quitasol y maja con abanico,
según Francisco de Goya.

Era, más bien, cuestión de mucha gravedad, sino mortal de necesidad. Los abanicos sí que mataron hombres, y no los cañonazos ni las bayonetas de las interminables guerras del Siglo de la Luces, que casi todas fueron mundiales, negando así que el siglo XX tuviera la exclusiva. ¡Cuántos corazones acabaron escabechados, cuántos galanes vueltos gigote por culpa del aleteo traidor de una coqueta! ¡Cuánto guapo mordió el cañón de una pistola o terminó sus días ensartado en el acero de un rival, como si fuera un pollito tomatero!

¿Y tú me preguntas por qué? Pues porque -y yo te respondo- casi tres siglos antes de que los wasaps aumentaran la prevalencia de la artritis digital (de dedos, no de dígitos) entre la población contemporánea, ya tenían nuestros trastatarabuelos modos de intercambiar mensajes discretos (o no) a través del éter.


La dama del abanico,
Diego Velázquez (1635).

Permíteme una pizca de historia antes de introducirte en el esotérico idioma de las varillas ilustradas. Como la pólvora y el arroz tres delicias -otro par de inventos diabólicos-, dicen que el abanico plegable nació en China en el siglo VII.


El hallazgo de Moisés, L. Alma-Tadema (1904).

No es que los egipcios, por ejemplo, no se hubieran dado aires mucho antes, pero lo hicieron con los aparatosos flabelos de plumas de avestruz tan estimados en las ceremonias vaticanas y en los peplum y musicales filogays.


Pío XII con flabelo.
Una de las novedades exóticas de la Edad Moderna europea, muy metida en consumo suntuario, fue, precisamente, el abanico chinés. Los navegantes y mercaderes portugueses, que estaban a la que saltaba, lo trajeron a finales del siglo XV y la moda prendió, justamente, como la pólvora. 

Un artesano francés, Eugene Prost, bajo el amparo del conde de Floridablanca (1728-1808) -Secretario de Estado con Carlos III y Carlos IV-, abrió fábrica y tienda en la madrileña calle de Hortaleza en la segunda mitad del XVIII. Él puso a los abanicos españoles a competir con los de sus paisanos gabachos y con los italianos. Tal fue el éxito que, a finales de siglo, se creó la Real Fábrica de Abanicos en Valencia, donde la tradición de darse aires venía de atrás.

Abanico valenciano (obvio, ¿no?).

Establecidos los antecedentes históricos, te explicaré, también con brevedad, cuáles son las partes básicas de un abanico. Las varillas no tienen más ciencia, salvo que las extremas -más gruesas porque protegen a las demás- se llaman guardas o caberas. La banda de tejido ilustrado que las une es el país y su borde externo es el ribete. Hay más, pero nos llega.



Veamos ahora cuántos wasaps se pueden mandar con la tarifa plana -pagas una vez y te das aire hasta que se rompa- de un abanico. Llegados aquí, citaré a Yago Valtrueno, protagonista de mi novela El viento de mis velasal fin y al cabo, sabe de qué habla porque es un hombre de la época:
"Qué suplicio si la bella se cubre el hombro derecho con el abanico. Te odio, grita muda. Bendito sea el odio si la alternativa fuere la indiferencia, señalada por un abanico cerrado que, en la distancia, apunta al suelo. En cambio, dichoso aquel que, anhelante, observa como la baraja cerrada al competidor se alza hasta reposar en el blando cojín del pecho deseado, trocado el aleteo del abanico por el de las pestañas de la bella venerada. ¡Siempre contigo!, declara esa seña. En su antípoda, un tiro en la sien debe seguir a un bostezo a medias oculto tras el frágil parapeto".
Yago nos ofrece solo una muestra del arte de hacerse entender con la baraja de hueso. Yo tampoco tengo espacio, ni quiero ser el dueño de tu tiempo, como para relacionar todos los mensajes que una dama podía mandar hace tres siglos con unas varillas y un país decorado. Te mostraré solo algunos; primero, con el abanico cerrado :

-Gesto de amenaza disimulada apuntando al galán:





-Cerrarlo muy rápido:





-Cubrirse la oreja izquierda:






-Cerrar lentamente el abanico:





-Rozar con suavidad el rabillo del ojo derecho:






-Dejar caer el abanico:
El colmo de las señales a país cerrado estaba en que la dama marcase la hora del encuentro galante. Porque había que ser muy gavilán para adivinar cuántas varillas abría ella, ya que su número indicaba el momento del vis a vis, cuando la pretendida podía escaquearse de la carabina o sujetavelas.

Abanico del siglo XVIII.
Colección Lázaro Galdiano.

No te cuento, claro, todo lo que se podía cotorrear con un abanico abierto, que era como un libro ídem...

-Salir al balcón con el abanico abierto (y no por la caló):





-Abanicarse con indolencia: 






-Abanicarse con muchos aires (tiene su mellizo, que ya hemos visto, con el abanico cerrado):





-Sujetar el abanico con las dos manos:






-Esconder, pudorosa, la mirada tras el país:






-Alzarlo con la mano derecha:






Puedes consultar en la Red muchos sitios que completen esta breve iniciación en el aéreo lenguaje del abanico. Te recomiendo uno, protocolo.org; ahí encontrarás, de paso, otros artículos llamativos.

Déjame por fin decirte que si yo ahora tuviera un abanico en las manos, lo abriría y miraría con falso interés los dibujos de su país. Y si tú conocieras tan rebuscado idioma, sonreirías cómplice, pues entenderías que te estoy diciendo que me molas. Así que, sabiéndolo, hazme el favor de ir a contarle a todo el mundo cuánto te ha gustado este artículo y si merece o no la pena que la gente siga este blog, ¡ea! O, si no, bostezaré detrás de las varillas la próxima vez que te vea. Y ya sabes lo que eso significa...

Nota: la pintura que abre este artículo se titula Joven con abanico y es de Ramón Carazo.

Puedes leer la ENTRADA ANTERIOR de este blog aquí:
http://escribirhistorica.blogspot.com.es/2016/02/siria-sangra-hace-3.html

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