viernes, 7 de julio de 2017

¡QUE ME MUDO!




Hace más de un año me despedía de todos mis lectores y amigos porque tenía por delante una larga temporada de televisión en Extremadura. Terminada aquella aventura, vuelvo por aquí para avisar a quien quiera seguir mis peripecias que acabo de estrenar mi web de autor y que, por tanto, este blog queda definitivamente cerrado. Lo pasé muy bien aquí, aprendí una barbaridad y conocí a mucha gente interesante; cumplió con su objetivo y le estoy muy agradecido.




En esencia nada cambia; en mi página continuaré contando mis cosas a mi modo y haciendo promoción, sin agobios y sin agobiar, de mis nuevas obras.

Os agradezco mucho vuestro tiempo e interés y nos vemos en mi nueva casa, cuya dirección os dejo aquí mismo:


¡Salud y éxito!

viernes, 26 de mayo de 2017

LA VIDA, TOZUDA, NO SE RINDE



©José Juan Picos



(Esta entrada fue previamente publicada en El viento de mis velas el 12/05/2015)


Los cristianos de la Edad Media tenían al cisne como símbolo de hipocresía, pues bajo sus plumas blancas esconden carne negra. O eso decían; yo no lo sé, me he comido muchas cosas -con mi parte de marrones y ruedas de molino-, pero un cisne nunca. 

A la ría que tengo enfrente mientras escribo esta nueva entrada -la de O Burgo, en La Coruña- le pasa tres cuartos de lo mismo: cuando la marea está alta, y aquí sube mucho, es un espejo bellísimo que refleja con nitidez sus riberas; pero, cuando baja, la basura que los humanos botamos al mar sin ninguna clemencia se encara con el cielo y te encoge el alma. 

Y sin embargo, a pesar de nuestra mezquindad, la Vida, tenaz, estalla cada primavera entre el basural y nos regala belleza por cada herida que le infligimos. Hay que reconocer que, en eso, es sin duda más cristiana que el mismísimo Papa de Roma, pues no se cansa de poner la mejilla... hasta que se canse, claro, que avisos va dando.



©José Juan Picos

En una entrada de hace una semana relacionaba yo los cisnes del rococó con los que tengo alrededor de casa. Y te prometí que si las nidadas que esperábamos rompían por fin el cascarón, te las traería aquí. Y eso hago, cumplir mi palabra. Porque el domingo se abrieron los huevos de uno de los nidos; para ser exactos, dos de cinco, los otros tres se malograron. Tuve la suerte de ver a la hembra, de pie sobre el nido, aún esperando a que alguna cabecita asomara entre añicos, pero el milagro no ocurrió. Mientras, el macho tenía a la pareja recién nacida, ya lista para nadar, entre las patas. Una pena que no llevara cámara ni móvil -yo, no el papá cisne-; había salido a correr y, para ese menester, no llevo encima más cachivaches que las ganas, unas buenas zapatillas y una vieja gorra, compañera de muchas aventuras; así que no pude hacer unas fotos de la nueva familia. Lástima de imágenes; y del parto incompleto, claro. Una semana antes, otra hembra, me da que primeriza, abandonó el nido sin que la puesta llegara a buen término, allí se quedaron los huevos, como ataúdes blancos entre basura.


©José Juan Picos
Puede que la Naturaleza, tan sabia y previsora en sus cosas, no haya querido que las parejas de cisnes vuelvan a tener, como en años anteriores, familia numerosa. Hay cerca de medio centenar de adultos en la ría y el metro cuadrado de territorio se les ha vuelto más caro. 

De hecho, una de las labores que más energía les hace consumir a los padres de los nuevos polluelos es mantener lejos a sus futuros competidores. Estos rodean a la pareja y al par de benjamines con lo que no parecen buenas intenciones. No te fíes, los lindos y pacíficos cisnes de los cuadros pueden ser, en la vida real, auténticas bestias. 


En la foto de abajo, que he insertado en su mayor amplitud para que la puedas ver mejor, tienes al macho de la pareja rompiendo el agua con la quilla de su pecho para expulsar a los merodeadores. Saben que un picotazo suyo les puede abrir el cráneo como si fuera, propiamente, un huevo. También la madre, esponjada y con el cuello curvado como la viga de una catapulta, amenaza, por su parte, a los que no se dan por aludidos.


©José Juan Picos



©José Juan Picos

Y si a un paseante curioso como yo se le ocurre alargar el pescuezo o acercarse unos pasos más de la cuenta a los polluelos, ya sabe a lo que se enfrenta: el ala de una de estas aves, batida con la energía de una madre que defiende a sus crías, puede producir algún hematoma. A la vez, el guardián alado emite un amenazante trompeteo -el que avisa no es traidor- que no debes confundir con el mítico canto del cisne.

©José Juan Picos
©José Juan Picos

Es verdad, es verdad, tienes razón... Estoy tardando en presentarte a los verdaderos protagonistas de este post. Discúlpame. El caso es que, al final, como puedes ver, cogí mi cámara y me puse a tirarles fotos como loco. He visto pocas figuras y figurillas de la televisión que aguanten un primer plano como estos modelos. Así que aquí tienes al primero, un tierno payasete de peluche, con sus zapatones y su narizota...

©José Juan Picos

A partir de aquí, me callo y te dejo disfrutar de las imágenes que siguen. Una cosa, ¿se asfixia uno si está mucho rato en silencio? "¡Sssshhhhhh!"... Vale, vale, luego te lo cuento...


©José Juan Picos
©José Juan Picos

©José Juan Picos

©José Juan Picos

©José Juan Picos

©José Juan Picos

Pues no, no me he asfixiado, aquí estoy. Listo para salir a disfrutar de nuevo de estas bellezas. Es verdad, tengo suerte; a veces hay que decirlo en voz alta, o escribirlo, para alejar al aguafiestas que llevamos dentro. Por eso quiero compartirla contigo. Durante un año veré a estas criaturitas crecer, aprender de sus padres, independizarse y, un día, echar a volar ellos solitos, como sus congéneres de hoy mismo, que pasan volando sobre mí para espantar mi muy humana soberbia...

©José Juan Picos


LOS CISNES NO CANTAN 

NI EN LA DUCHA


©José Juan Picos



(Esta entrada fue previamente publicada en El viento de mis velas el 06/05/2015)


Los  cisnes me parecen rococós, como si fueran  tartas de boda flotantes. Ya me dirás si no es rococó el chantilly que las corona y pespuntea, un invento de un chef de la Francia de Luis XIV: François Vatel (1631-1671), al que Gerard Depardieu encarnó en la pantalla. Es el mismo cocinero que se suicidó a los cuarenta años arrojándose tres veces contra su espada apoyada en la pared. No porque le dijeran, como en Top Chef, "¡Coge tus cuchillos y vete!", sino porque no le llegaron a tiempo unos carretones de pescado fresco para un banquete real. Y luego nos parece salvaje el pedazo de pan de Chicote... ¡Un corderito, al lado de Vatel!

Los cisnes, como símbolo, reúnen en su elegante figura la redondez sedosa de un cuerpo femenino con el mástil fálico y musculoso de su cuello. Se diría que son andróginos, como los castrati subyugantes del XVIII y las pelucas y lunares de los taconcitos rojos de la corte francesa.



©José Juan Picos
¿Y quiénes eran esos "taconcitos rojos"? Llamaban así a los petimetres del Rey Sol porque elevaron sus aristocráticos tacones sobre los de la plebe y los tiñeron de rojo cuando los burgueses advenedizos se apuntaron a la moda. En el retrato de Luis XIV se ve el detalle de sus tacones.


Luis XIV, un solete de rey.

Su Majestad va hecho un brazo de mar, pero listo, lo que se dice listo para una tarde de fútbol, birras y panceta en la sala de proyecciones del palacio de Versalles no se le ve; más bien para irse de centros comerciales con las novias de los cortesanos forofos.

Siempre me ha parecido que los cisnes y los estanques recoletos y bucólicos iban en el mismo paquete dieciochesco. Será porque las villas aristocráticas y burguesas desplazaron a los palacios; y porque las mansiones se adornaron con jardines; y porque el arte de la jardinería se desarrolló a caballo entre el barroco y el neoclasicismo. También porque los cisnes han tenido siempre un je ne sais quoi de melancólica elegancia que los sitúa mejor en un laguito artificiosamente apartado que en los tapices de un salón del trono (menos en el de Syldavia, claro... ¡Ah, no!, calla, que ahí era un pelícano). Y si el rococó tuvo tanto de lujo, artificio y ornato, ¿qué mejor adorno que un cisne para el remedo de Naturaleza de un jardín de hace tres siglos?



©José Juan Picos
©José Juan Picos

Acompáñame ahora en una remontada por la Historia. Para los grecorromanos, el cisne blanco era el ave de Apolo y Afrodita, dioses resucitados en un siglo de vanidad, escenarios y erotismo como fue el de las Luces. Zeus, un pájaro de cuidado, se metamorfoseó en cisne cuando quiso seducir a Leda. ¿Bestialismo? No te diría yo que no... ¿Pero entonces cómo llamamos a lo de Dánae?, porque el señor olímpico la empapó de lluvia dorada para preñarla de Perseo. Ojito con eso, en muchos estados de la Unión Zeus iría de cabeza a una celda y entraría en el registro de delincuentes sexuales, no es broma... 


Volviendo a Leda, ella puso, lógicamente, dos huevos de cisne: uno divino, del que salieron Helena y Pólux; y otro mortal, con Clitemnestra y Cástor. La primera enfrentó a tirios y troyanos; la segunda mató a Agamenón, destructor de Troya; y ellos fueron los santos patronos de Esparta. El arte rococó, erótico como reacción al barroco, recuperó miríadas de escenas mitológicas con cuerpos llenos de vida y ganas y composiciones colmadas de erotismo (¡Ñam, ñam!, ¿te he hablado ya de las múltiples aplicaciones de la crema chantilly?).


Leda y el cisne, atribuida a Boucher (1740).
Trío con cisne, de E. Falconet (1716-1791).

Durante la Edad Media el cisne vivió en una especie de purgatorio, unas veces degradado como manifestación diabólica y otras enaltecido como mensajero angelical. Fue el símbolo de la hipocresía por su plumaje albo y su carne oscura, pero también representó el sacrificio de los mártires, y ahora te explico por qué. Una larga tradición estableció que los cisnes cantaban una sola vez en su vida, cuando agonizaban. Así lo afirma Platón:

"Cantan entonces más que nunca y del modo más bello, llenos de alegría porque van a reunirse con el dios del que son siervos"
¿Y qué dios era ese? Apolo, el protector de la música y el canto. Diez siglos más tarde, Leonardo da Vinci insiste: "El cisne es blanco, sin ninguna mancha, y canta dulcemente antes de morir". Está claro que el italiano aún no había visto un cisne negro austral. 


©José Juan Picos
Incluso Cervantes, en su entremés La elección de los alcaldes de Daganzo, perpetúa el error: "¡Vive Dios, que ha cantado nuestra Rana mucho mejor que un cisne cuando muere!". 

Ya en el XVIII, Feijoo, martillo de supercherías y autor de la colección de ensayos Teatro crítico y universal, negó tal don: "Que el cisne canta estando próximo a la muerte afirman muchos autores; niéganlo otros [...] Los autores del Diccionario Universal de Trevoux afirman que todo lo que se dice del canto del cisne es un error popular. Yo también creo lo mismo".

"Vale, me queda claro, ¿pero qué tiene que ver eso con los mártires?", te preguntarás. Pues ahí voy: ¿qué hacían los cristianos arrojados a los leones antes de morir?... Entonar alabanzas a Dios, es decir, cantaban himnos agónicos, como el cisne y como Cristo en la cruz, que antes de expirar y elevarse a los cielos pidió clemencia para el género humano: "¡Padre, perdónales, pues no saben lo que hacen!". 


"Sí, sí, ¿pero cantan o no cantan?", insistirás. Y yo te lo puedo decir cantando, pero ellos no, porque, definitivamente, los cisnes no han cantado nunca, ni vivos ni muertos.



©José Juan Picos

Esa ambigüedad -erotismo y pureza, femineidad y virilidad, naturaleza y artificio- con la que el cisne rococó se desliza por el estanque de un jardín del XVIII, es la misma de su siglo. Yago Valtrueno, protagonista de El viento de mis velas, lo explica mejor que yo:
"Las luces del siglo más iluminado, veladas por la sangre que salpica de sables y bayonetas, terminan de opacarse bajo el humo de cañones y mosquetes. Decidme de qué presumís y os diré de qué carecéis; calculen sus mercedes cuánto se habla hoy de la Razón y yo les diré cuan irracional y cruel es la edad en que vivimos".
Así habla el empedernido bebedor de café de su siglo, el llamado "de las Luces", del que se considera bastardo, pues le es ajeno lo que sus contemporáneos piensen de la vida y de él. ¿A que lo entiendes perfectamente, aunque hayan pasado trescientos años? Pues como el siglo XVIII, colmado de filosofía racional y de guerras irracionales, el cisne pierde su elegancia cuando hay que defender su territorio o hacerse con una hembra. Entonces observamos boquiabiertos a una bestia capaz de perforar un cráneo con su pico, una especie de galera que ahueca sus alas como si fueran velas y que rompe el agua con el espolón de su pecho.

©José Juan Picos
©José Juan Picos

Termino. Aunque a mí me parezcan rococós, los cisnes que ilustran esta entrada son de lo más actuales. Con ellos me despierto, pues vivo frente a la coruñesa ría de O Burgo, donde se han hecho con el cotarro de las bandadas de aves que viven o hacen escala en estos parajes. Y con ellos me acuesto, pues salgo a disfrutarlos cuando cae la tarde y se acercan a las orillas buscando el pan que la gente les trae. 

Ellos han sido inspiración para este blog y para una novela y un ensayo publicados, cuyos enlaces tienes más abajo. La musa también vino a lomos de estos cisnes para meterme en la cabeza dos historias, hechas manuscritos, a las que he mandado a buscarse la vida por el mundo adelante. Sentía que les debía un homenaje por hacerme creer, a veces, un noble que los admira desde la orilla, como si la ría fuese mi estanque y el paseo marítimo mi jardín. He disfrutado mirándolos, aprendiendo lo que hacen y por qué y me han transmitido algo de su independencia elegante. En estos días, como en cada una de las primaveras pasadas con ellos, vigilo con expectación sus nidos, pues ha llegado la época de cría y, en breve, los polluelos saldrán de los cascarones. Cuando eso ocurra, prometo traer a esta bitácora las imágenes de esas nuevas vidas, para que las disfrutes como yo y te inspiren como a mí...

©José Juan Picos

¡Y PÓNTE LA PELUCA YA! 

(y 2)





(Esta entrada fue previamente publicada en El viento de mis velas el 29/04/2015)


Repíte conmigo: "Lady Gaga es una copiona, Lady Gaga es una copiona..." ¿O no queda claro en la imagen de arriba? Así es como las damas de la segunda mitad del siglo XVIII aparecían en una francachela de postín. En una entrada anterior te conté que cosían a los forros de sus faldas bolsitas con trocitos de carne contra las pulgas, así que el vestido de chuletas de la Gaga tampoco fue muy original.

Mucho se ha debatido sobre si esos armatostes capilares eran reales o producto de la mala baba de los caricaturistas dieciochescos. 

Cazadores disparando a 
una peluca-nido.
La fotografía que abre esta entrada es de la colección de trajes de época del Instituto de la Moda de Kioto. 

Ya sabemos cuánto se pirraban los galanes rococó por las pelucas. Ellos, y no sus mujeres, fueron los pioneros de los postizos. En realidad, las damas del Siglo de las Luces no empezaron a empelucarse sin freno hasta la segunda mitad del siglo. Pero, como en el caso de los varones, sus hiperbólicos tocados cumplían una función propagandística: eran una declaración de poder. 

Ten en cuenta que el XVIII es un siglo eurocéntrico: Europa mantiene y aumenta su presencia colonial en todo el globo. Aunque dos guerras del siglo XX sean las mundiales por antonomasia, las potencias europeas del XVIII ya luchaban en casa y a domicilio: en las dos Américas, en África y en Asia, implicando, como enemigos o aliados, a los naturales de cada zona. 


A los mercados del Viejo Continente llegaban los productos más exóticos y los beneficios de las colonias; la Ilustración creó, en nombre de la Razón, un nuevo dios: el Hombre, y los filósofos le ofrecieron, más que respuestas, coartadas; la burguesía estaba a punto de dar el zarpazo al Antiguo Régimen, no para cambiar el mundo, sino para cambiar su dueño. Así que la moda desenmascaraba la soberbia de los aristócratas y la vanidad de los nuevos ricos. Cuanto más aparato en el vestir, cuanto más brillo y relumbrón, más evidencia de riqueza y poder. También es verdad, como dejó escrito el diarista inglés Samuel Pepys, que las pelucas evitaban "la gran molestia de conservar el pelo limpio a diario". Eran otro tiempos y no había H&S Frecuencia, claro.

"¡Y yo con estos pelos!"

"Ya, ya, el ensayito que me acabas de soltar está muy bien, pero, hasta entonces, ¿qué llevaban las mujeres en la cabeza?", me apremiarás. "Pues su pelo -te respondo yo-, ¿qué iban a llevar?". 

Pero los cabellos naturales de las féminas tampoco escapaban a los dictados de la moda. Te pongo un solo ejemplo, el de la duquesa de Fontange (1661-1681), amante de Luis XIV. En una jornada de caza con el rey, a la montaraz dama se le enredó el pelo en unas ramas, como a Absalón, el hijo rebelde de David que lucía una melena lustrosa y que murió al quedar colgado de un árbol por los pelos, lo que permitió que un general de su padre lo alanceara a placer.

Coiffure a la fontange.
Pues una vez que la duquesa, con mejor fortuna que Absalón, salió del trance, se hizo un copete en lo alto de la cabeza; al rey le encantó y, claro, el resto de damas versallescas empezaron a peinarse a la fontange, a despecho de las anteriores amantes reales, la Montespan y la Maintenon, que la pusieron a la pobre -es un decir, tenía una renta mensual de cien mil coronas- de chupa de dómine

Saltamos casi cien años y nos plantamos en 1770: las francesas se han puesto la peluca y el resto va detrás de ellas: "Culo veo, culo quiero"¡Y se desata la fiebre! La condesa de Matignon llega a pagarle a su peluquero, musiú Baulard, veinticuatro mil libras al año por un diseño capilar diario. 

Es el mismo Baulard que inventó una peluca de resorte para que las damas pudieran atravesar los dinteles sin quedar descocadas. Los ancianos se llevaban las manos a la cabeza, escandalizados por la falta de sentido común de las jóvenes; por eso la llamaropeluca de la abuela; lo cuenta Francisco Barado en su obra Historia del peinado

Mientras que los caballeros, mozos y ancianos, teñían sus pelucas de blanco -la uniformidad creaba la ilusión de que los viejos no lo eran tanto-, ellas las pintaban de rosa, lavanda o añil. Y montaban auténticos dioramas en y por todo lo alto, con pájaros, bosquecillos, arroyos, corderos y pastorcillas; o les daban la forma y la altura, por ejemplo, de las birretinas de piel de oso de los zapadores y granaderos.

¡Ay, pues no sé qué ponerme hoy!
Excuso incluir la relación de nombres que se inventaron para bautizar los miles de postizos creados. Pero te cuento un ejemplo que explica muy bien la fotografía que abre este post. 

En enero de 1778, la Belle Poule, una fragata francesa, levó anclas del puerto de El Havre llevando como pasajero a Benjamin Franklin, embajador plenipotenciario de los colonos rebeldes norteamericanos en París. Dos buques británicos, Hector y Courageus, le dan el alto y exigen subir a bordo. El capitán francés, vizconde Bernard de Marigny, les responde: "Soy la Belle Poule, fragata del rey de Francia; vengo de la mar y voy a la mar y déjenme decirles, mi buenos señores, que en los barcos de Su Majestad no se permiten visitas". Y, con las mismas, viró y regresó a puerto sin lucha. 

Los ingleses no sabían que a bordo iba "un traidor", por eso les bastó con ejercer el bloqueo. Meses después, la misma fragata vence a la Arethusa británica, en otro episodio más de la longeva enemistad entre ambos países, agravada en ese momento por el apoyo de Versalles a la independencia norteamericana. Las damas parisinas, ni cortas ni perezosas, lo celebraron con un nuevo peinado, coronado por un barco sobre olas de rizos: le coiffure a la belle poule.


"Viento en popa a toda vela, cruza el mar mi cabellera..."

Voy a ir rematando; ni el espacio me da para todo lo que habría que contar sobre las pelucas del XVIII, ni te voy a cargar con otro mamotreto sobre ellas. Pero tengo que mencionar a María Antonieta. Y a su peluquero, naturellement, Léonard-Alexis Autié, alias musiú Leonard, cómplice de la reina y de su modista y sombrerera, Marie-Jeanne Rose Bertin, también conocida como Ministra de la Moda

Entre Leonard y Bertin inventaron los pouffs, las torres de pelo de la reina, realzadas con cojines, envueltas en metros de cinta, deslumbrantes de perlas y joyas y convertidas, casi, en grupos escultóricos de varios pies de alto. Cuentan que, el 17 de febrero de 1776, María Antonieta, invitada al baile de la duquesa de Orleáns, se retrasó porque no podía entrar en su carruaje: el peinado era tan extravagante que no había manera de atravesar la portezuela. Pues bien, su peluquero tuvo que desarmarlo y volver a montarlo de camino al sarao. Y te aseguro que aquellas carrozas no llevaban la suspensión de un Dyane 6.

Antes muertas que sencillas. Y eso pasó...

La reina iba de capricho en capricho mientras las calles ya olían a revolución; hasta que el hedor de la pobreza, encarnado en los sans culotte que la encerraron en la Torre del Temple, la devolvieron a la realidad. Por entonces, la reina depuesta solo tenía una amiga fiel, María Luisa de Saboya, princesa de Lamballe, exiliada en Inglaterra. Ambas se carteaban con frecuencia hasta que, engañada por una falsa misiva de María Antonieta, Lamballe viajo a París y fue presa. Dicen que cuando la cuchilla segó su cuello, las cartas de su regia amiga cayeron de su peluca.

La princesa de Lamballe.

Los revolucionarios maquillaron y peinaron la cabeza de la princesa, la clavaron en una pica y fueron a mostrársela a la reina en su celda. Años después, testigos del suceso afirmaron que María Antonieta se desplomó: la reina, que siempre mostró entereza de carácter, nunca antes había desfallecido. Aquel día, el tiempo de las pelucas -como el del Antiguo Régimen- fue a parar a la cesta del verdugo.

¡Y PÓNTE LA PELUCA YA! 

(1)




(Esta entrada se publicó previamente en El viento de mis velas el 22/04/2015)


Si hay en Las amistades peligrosas una escena arrasadora, es aquella en la que la marquesa de Merteuil, interpretada por Glenn Close, se desmaquilla en la más terrible de las soledades. Tan grande es el vacío que la envuelve, que ni siquiera la asisten sus criadas, algo impensable en la época. Está sola y en ropa interior, casi un sudario, pero más desnuda de lo que jamás se ha encontrado ni se encontrará en su vida. Ya no es nadie, a pesar de que, por primera vez, contemplamos a la persona tras el disfraz.

La desnudez en el siglo XVIII no era la de las alcobas, sino la de la toilette y el guardarropa. Les escandalizaba más salir a la calle sin la aprobación del artificioso tribunal de la aceptación pública que las pieles desnudas de una bacanal. Como hoy. No nos asusta -ni les asustaba- encontrarnos desnudos ante el mundo, como en esa pesadilla universal y recurrente, sino vestidos y demodé.

Es decir, lo netamente escandaloso es -era- aparecer en público sin los complementos certificados por la buena sociedad, por muy artificiosos y ridículos que parezcan. Y eso afecta y afectaba al vestuario. Por cierto, de esto no hay que echarle toda la culpa al Siglo de las Luces, pues el barroco nació, a conciencia, como un arte del pantalleo y el postureo, lujosa herramienta de propaganda de la Contrarreforma contra la severidad del protestantismo.

"Solo cortar las puntas, por favor".


En el rococó no habría hecho falta un hipotético Cuarteto de Cuerda Mondragón tocando aquello de "¡Ponté peluuuuuuca! ¡Y ponte la peluca ya!" (cántese con voz de castrati; o, si hay huevos, de contratenor). Ellos se la ponían por defecto: "Érase gente a una peluca pegada, eran pelucones superlativos", habría dicho el malaje de Quevedo de no haberse muerto antes. 

Y no exagero un ápice: "Fue tal la tiranía de la moda que las infelices mujeres se hacían peinar por la tarde para ir al baile o sarao del día siguiente y pasaban la noche en un sillón para conservar intacto el magnífico edificio de su peinado". Así lo cuenta Francisco Barado en su obra Historia del peinado, publicada en 1880.


Sin mi pelucón, ni a la esquina.

Este artículo sobre las pelucas viene de una promesa que hice cuando desnudé a una pareja rococó en otra entrada. Me comprometí entonces a escribir sobre los postizos femeninos, sin darme cuenta de que fueron los varones barrocos los que desataron la fiebre por ellos. Así que hagamos las cosas bien, y no como siempre.


Photocall de sarao rococó.
La Historia está llena de pelucas, desde Nefertiti a Nerón y lo que te rondaré, morena. Pero a nosotros nos interesa Luis XIII (1601-1643), rey de Francia. El pobre hombre se quedó calvo a los veintipocos años, así que mandó que le tejieran una trama de cabellos para ocultar su alopecia. Pronto descubrió el segundo Bourbon -el mío sin hielo, por favor- que la peluca era más cómoda de llevar que una corona, y que no le restaba distinción ni prestancia; más bien al contrario. Y ya sabes lo que pasa: "Si el rey juega, todos tahúres; si el rey bebe, todos borrachos". Así que su hijo, el Delfín Luis, educado en esa costumbre real extendida a los nobles y a los nuevos ricos de la incipiente burguesía, vapuleada por Molière, pudo elevar sus pelucas a la consideración de aureola: no en vano fue el Rey Sol.

Luis XIV era un sol de rey.
Luis XIV tuvo cuarenta peluqueros (a la vez), no solo peinadores, sino también diseñadores de monumentos capilares. No se quitaba la peluca ni delante de su ayuda de cámara. Y eso que el peso del armazón capilar provocaba hemicráneas, vértigos, picor y comezón, zumbidos, y apoplejías, o ictus.

Ningún petimetre en sus cabales salía de casa sin llevar, o sin que le llevaran sus criados, un juego de varillas de oro, plata o marfil para rascarse el cuero cabelludo sin quitarse el pelucón. Lo mismo que los palillos chinos o una aguja de calcetar para una escayola.

Carlos II de Inglaterra (1630-1685), exiliado en Francia durante la dictadura de Cromwell, importó la moda de las pelucas cuando la monarquía fue reinstaurada en Inglaterra, allá por 1660. "¿Y en España qué?", te preguntarás. Pues mira, aparte de corona pilosa, preservativo contra piojos, chinches y pulgas y caritativa caperuza contra los estragos del sifilítico mal francés (ellos lo llamaban mal español), la peluca también fue pabellón de guerra. 

Los Austrias españoles, que ya eran por entonces austrias menores, estaban a la greña con Francia e Inglaterra por un quítame allá esas colonias o esos Países Bajos. Por eso en España no triunfó el muy barroco invento francés de los pelucones, pues hubiera sido lo mismo que plantar una flor de lis en lo más alto del Alcázar Real de Madrid.

Nuestros trastatarabuelos no se calaron el postizo gabacho hasta la Guerra de Sucesión. Cuando Felipe V, nuestro primer Bourbon -¡otra ronda, sivuplé!- llegó al trono del Imperio Hispánico, se trajo consigo, junto con sus granaderos y dragones, un regimiento de coiffeurs. Obsérvese la diferencia estilística entre el rey nuevo, a la izquierda, y nuestro hechizado Carlos II, el último de su dinastía, que luce la melena partida en crenchaa la nazarena.


Ya conté que Felipe V sufría trastorno bipolar y satiriasis. Con semejante cuadro y el estrés de la Guerra de Sucesión, no debe extrañarnos que se le cayera el pelo. En 1701, su ayuda de cámara, el conde de Benavente, escribía a París demandando pelucas para su señor: "El pelo ha de ser de caballero o de señorita y, sin que haya engaño en esto, de personas de confianza, para que no sean objeto de sortilegios".

No tardaron en aparecer por Madrid, capital del reino, cohortes de lechuguinos como el que recoge Arkelio Rapsodia en un ensayo de 1806 sobre las pelucas y otros complementos: "Se nos aparece en la Puerta del Sol o en el Prado, un señor con un almohadón de pelo, en forma de pirámide o rueda de molino con cinco o seis cañutos colgando de las orejas, y un disforme y larguísimo rabo negro, despidiendo una nube de polvo por todos los lados".

Durante el XVIII, las melenazas postizas de los varones se fueron acortando hasta recogerse en una bolsa de seda o en una coleta anudada que colgaban sobre la espalda. Se peinaban sobre las orejas en forma de alas de pichón o, como decía Arkelio, en uno o más cañutos. Si comparas las imágenes de Fernando VI (1713-1759) y de quien le sucedió en el trono, su hermanastro Carlos III (1716-1788), verás el cambio entre las dos mitades del siglo.



Te imaginarás que aquel capricho, moda, estandarte, necesidad higiénica o como quieras catalogarlo se convirtió pronto en un negocio. Negocio pingüe, claro, pues la calidad, complicación y número de pelucas daban marchamo de clase. Mesié Binette, el peluquero favorito de Luis XIV, poseía carruajes y lacayos con librea y llevaba un fastuoso tren de vida. Se hizo tan famoso que binette se convirtió en sinónimo de peluca. 


Los postizos rescataron a los gremios de barberos europeos, pues desde 1745 se les prohibió ejercer como dentistas y cirujanos menores. El bando se publicó primero en Inglaterra y luego se extendió por el continente. Así que a los raspabarbas no les quedó otra que reconvertirse en arquitectos capilares. Los que no daban palmas con las orejas fueron los sombrereros, pues no había manera de calarse un tres picos sobre aquellos torreones. Se salvaron porque los señores tomaron la costumbre de llevar el sombrero candilón bajo el brazo, sin cubrirse.

La demanda de pelo natural para las pelucas de calidad fue tal que los fabricantes pagaban la onza (28 gramos) a lo que hoy es un euro. Y ya te imaginarás los kilos que harían falta para tejer aquellas melenazas rizadas. Las mozas cortaban sus trenzas y se las entregaban a los mayoristas a cambio de delantales, sayas o cofias, nunca por dinero. Había pelucas de estraperlo, claro, fabricadas en talleres clandestinos que evitaban los impuestos reales y que usaban pelo de cabra o caballo. William Pitt, primer ministro inglés, quiso gravar, incluso, el empolvado, que debían recaudar los barberos. Afán inútil, porque la gente empezó a empolvárselas en casa con harina o cal, en vez de usar polvos de arroz.

Los buhoneros vendían pelucas de segunda mano y, cuando llegó la Revolución Francesa, se traficaba con las que caían en los cestos de la guillotina. Entenderás que, por entonces, los aristócratas mandaran sus pelucas, que eran una confesión de actividades contrarrevolucionarias, a hacer gárgaras; más cara les era la vida que un postizo. Muestra de la frivolidad del siglo es que se puso de moda entre las mujeres de clase alta rasurarse el pelo de la nuca, como una especie de fanfarrón desprecio hacia los verdugos. Lo llamo fanfarrón porque esa moda nació, claro, al día siguiente de haber terminado El Terror, en la primavera de 1794. Tal peinado se llamó a lo sacrificio y con él iban a bailar como locas a los llamados Bailes de las víctimas, en los que no podían entrar más que quienes certificaran que algún pariente había muerto en el cadalso...


Ya preveía yo que esto de las pelucas iba a dar para peinar y repeinar, así que lo voy a dejar aquí con la promesa renovada de seguir en el próximo post. De momento, voy a brindar a la salud de los Bourbon, invendores de esda moda... ¡Que nossssirvan la esbuela, que invido yo!... ¡Hip!