viernes, 26 de mayo de 2017

LOS CISNES NO CANTAN 

NI EN LA DUCHA


©José Juan Picos



(Esta entrada fue previamente publicada en El viento de mis velas el 06/05/2015)


Los  cisnes me parecen rococós, como si fueran  tartas de boda flotantes. Ya me dirás si no es rococó el chantilly que las corona y pespuntea, un invento de un chef de la Francia de Luis XIV: François Vatel (1631-1671), al que Gerard Depardieu encarnó en la pantalla. Es el mismo cocinero que se suicidó a los cuarenta años arrojándose tres veces contra su espada apoyada en la pared. No porque le dijeran, como en Top Chef, "¡Coge tus cuchillos y vete!", sino porque no le llegaron a tiempo unos carretones de pescado fresco para un banquete real. Y luego nos parece salvaje el pedazo de pan de Chicote... ¡Un corderito, al lado de Vatel!

Los cisnes, como símbolo, reúnen en su elegante figura la redondez sedosa de un cuerpo femenino con el mástil fálico y musculoso de su cuello. Se diría que son andróginos, como los castrati subyugantes del XVIII y las pelucas y lunares de los taconcitos rojos de la corte francesa.



©José Juan Picos
¿Y quiénes eran esos "taconcitos rojos"? Llamaban así a los petimetres del Rey Sol porque elevaron sus aristocráticos tacones sobre los de la plebe y los tiñeron de rojo cuando los burgueses advenedizos se apuntaron a la moda. En el retrato de Luis XIV se ve el detalle de sus tacones.


Luis XIV, un solete de rey.

Su Majestad va hecho un brazo de mar, pero listo, lo que se dice listo para una tarde de fútbol, birras y panceta en la sala de proyecciones del palacio de Versalles no se le ve; más bien para irse de centros comerciales con las novias de los cortesanos forofos.

Siempre me ha parecido que los cisnes y los estanques recoletos y bucólicos iban en el mismo paquete dieciochesco. Será porque las villas aristocráticas y burguesas desplazaron a los palacios; y porque las mansiones se adornaron con jardines; y porque el arte de la jardinería se desarrolló a caballo entre el barroco y el neoclasicismo. También porque los cisnes han tenido siempre un je ne sais quoi de melancólica elegancia que los sitúa mejor en un laguito artificiosamente apartado que en los tapices de un salón del trono (menos en el de Syldavia, claro... ¡Ah, no!, calla, que ahí era un pelícano). Y si el rococó tuvo tanto de lujo, artificio y ornato, ¿qué mejor adorno que un cisne para el remedo de Naturaleza de un jardín de hace tres siglos?



©José Juan Picos
©José Juan Picos

Acompáñame ahora en una remontada por la Historia. Para los grecorromanos, el cisne blanco era el ave de Apolo y Afrodita, dioses resucitados en un siglo de vanidad, escenarios y erotismo como fue el de las Luces. Zeus, un pájaro de cuidado, se metamorfoseó en cisne cuando quiso seducir a Leda. ¿Bestialismo? No te diría yo que no... ¿Pero entonces cómo llamamos a lo de Dánae?, porque el señor olímpico la empapó de lluvia dorada para preñarla de Perseo. Ojito con eso, en muchos estados de la Unión Zeus iría de cabeza a una celda y entraría en el registro de delincuentes sexuales, no es broma... 


Volviendo a Leda, ella puso, lógicamente, dos huevos de cisne: uno divino, del que salieron Helena y Pólux; y otro mortal, con Clitemnestra y Cástor. La primera enfrentó a tirios y troyanos; la segunda mató a Agamenón, destructor de Troya; y ellos fueron los santos patronos de Esparta. El arte rococó, erótico como reacción al barroco, recuperó miríadas de escenas mitológicas con cuerpos llenos de vida y ganas y composiciones colmadas de erotismo (¡Ñam, ñam!, ¿te he hablado ya de las múltiples aplicaciones de la crema chantilly?).


Leda y el cisne, atribuida a Boucher (1740).
Trío con cisne, de E. Falconet (1716-1791).

Durante la Edad Media el cisne vivió en una especie de purgatorio, unas veces degradado como manifestación diabólica y otras enaltecido como mensajero angelical. Fue el símbolo de la hipocresía por su plumaje albo y su carne oscura, pero también representó el sacrificio de los mártires, y ahora te explico por qué. Una larga tradición estableció que los cisnes cantaban una sola vez en su vida, cuando agonizaban. Así lo afirma Platón:

"Cantan entonces más que nunca y del modo más bello, llenos de alegría porque van a reunirse con el dios del que son siervos"
¿Y qué dios era ese? Apolo, el protector de la música y el canto. Diez siglos más tarde, Leonardo da Vinci insiste: "El cisne es blanco, sin ninguna mancha, y canta dulcemente antes de morir". Está claro que el italiano aún no había visto un cisne negro austral. 


©José Juan Picos
Incluso Cervantes, en su entremés La elección de los alcaldes de Daganzo, perpetúa el error: "¡Vive Dios, que ha cantado nuestra Rana mucho mejor que un cisne cuando muere!". 

Ya en el XVIII, Feijoo, martillo de supercherías y autor de la colección de ensayos Teatro crítico y universal, negó tal don: "Que el cisne canta estando próximo a la muerte afirman muchos autores; niéganlo otros [...] Los autores del Diccionario Universal de Trevoux afirman que todo lo que se dice del canto del cisne es un error popular. Yo también creo lo mismo".

"Vale, me queda claro, ¿pero qué tiene que ver eso con los mártires?", te preguntarás. Pues ahí voy: ¿qué hacían los cristianos arrojados a los leones antes de morir?... Entonar alabanzas a Dios, es decir, cantaban himnos agónicos, como el cisne y como Cristo en la cruz, que antes de expirar y elevarse a los cielos pidió clemencia para el género humano: "¡Padre, perdónales, pues no saben lo que hacen!". 


"Sí, sí, ¿pero cantan o no cantan?", insistirás. Y yo te lo puedo decir cantando, pero ellos no, porque, definitivamente, los cisnes no han cantado nunca, ni vivos ni muertos.



©José Juan Picos

Esa ambigüedad -erotismo y pureza, femineidad y virilidad, naturaleza y artificio- con la que el cisne rococó se desliza por el estanque de un jardín del XVIII, es la misma de su siglo. Yago Valtrueno, protagonista de El viento de mis velas, lo explica mejor que yo:
"Las luces del siglo más iluminado, veladas por la sangre que salpica de sables y bayonetas, terminan de opacarse bajo el humo de cañones y mosquetes. Decidme de qué presumís y os diré de qué carecéis; calculen sus mercedes cuánto se habla hoy de la Razón y yo les diré cuan irracional y cruel es la edad en que vivimos".
Así habla el empedernido bebedor de café de su siglo, el llamado "de las Luces", del que se considera bastardo, pues le es ajeno lo que sus contemporáneos piensen de la vida y de él. ¿A que lo entiendes perfectamente, aunque hayan pasado trescientos años? Pues como el siglo XVIII, colmado de filosofía racional y de guerras irracionales, el cisne pierde su elegancia cuando hay que defender su territorio o hacerse con una hembra. Entonces observamos boquiabiertos a una bestia capaz de perforar un cráneo con su pico, una especie de galera que ahueca sus alas como si fueran velas y que rompe el agua con el espolón de su pecho.

©José Juan Picos
©José Juan Picos

Termino. Aunque a mí me parezcan rococós, los cisnes que ilustran esta entrada son de lo más actuales. Con ellos me despierto, pues vivo frente a la coruñesa ría de O Burgo, donde se han hecho con el cotarro de las bandadas de aves que viven o hacen escala en estos parajes. Y con ellos me acuesto, pues salgo a disfrutarlos cuando cae la tarde y se acercan a las orillas buscando el pan que la gente les trae. 

Ellos han sido inspiración para este blog y para una novela y un ensayo publicados, cuyos enlaces tienes más abajo. La musa también vino a lomos de estos cisnes para meterme en la cabeza dos historias, hechas manuscritos, a las que he mandado a buscarse la vida por el mundo adelante. Sentía que les debía un homenaje por hacerme creer, a veces, un noble que los admira desde la orilla, como si la ría fuese mi estanque y el paseo marítimo mi jardín. He disfrutado mirándolos, aprendiendo lo que hacen y por qué y me han transmitido algo de su independencia elegante. En estos días, como en cada una de las primaveras pasadas con ellos, vigilo con expectación sus nidos, pues ha llegado la época de cría y, en breve, los polluelos saldrán de los cascarones. Cuando eso ocurra, prometo traer a esta bitácora las imágenes de esas nuevas vidas, para que las disfrutes como yo y te inspiren como a mí...

©José Juan Picos

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