viernes, 26 de mayo de 2017

¡Y PÓNTE LA PELUCA YA! 

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(Esta entrada se publicó previamente en El viento de mis velas el 22/04/2015)


Si hay en Las amistades peligrosas una escena arrasadora, es aquella en la que la marquesa de Merteuil, interpretada por Glenn Close, se desmaquilla en la más terrible de las soledades. Tan grande es el vacío que la envuelve, que ni siquiera la asisten sus criadas, algo impensable en la época. Está sola y en ropa interior, casi un sudario, pero más desnuda de lo que jamás se ha encontrado ni se encontrará en su vida. Ya no es nadie, a pesar de que, por primera vez, contemplamos a la persona tras el disfraz.

La desnudez en el siglo XVIII no era la de las alcobas, sino la de la toilette y el guardarropa. Les escandalizaba más salir a la calle sin la aprobación del artificioso tribunal de la aceptación pública que las pieles desnudas de una bacanal. Como hoy. No nos asusta -ni les asustaba- encontrarnos desnudos ante el mundo, como en esa pesadilla universal y recurrente, sino vestidos y demodé.

Es decir, lo netamente escandaloso es -era- aparecer en público sin los complementos certificados por la buena sociedad, por muy artificiosos y ridículos que parezcan. Y eso afecta y afectaba al vestuario. Por cierto, de esto no hay que echarle toda la culpa al Siglo de las Luces, pues el barroco nació, a conciencia, como un arte del pantalleo y el postureo, lujosa herramienta de propaganda de la Contrarreforma contra la severidad del protestantismo.

"Solo cortar las puntas, por favor".


En el rococó no habría hecho falta un hipotético Cuarteto de Cuerda Mondragón tocando aquello de "¡Ponté peluuuuuuca! ¡Y ponte la peluca ya!" (cántese con voz de castrati; o, si hay huevos, de contratenor). Ellos se la ponían por defecto: "Érase gente a una peluca pegada, eran pelucones superlativos", habría dicho el malaje de Quevedo de no haberse muerto antes. 

Y no exagero un ápice: "Fue tal la tiranía de la moda que las infelices mujeres se hacían peinar por la tarde para ir al baile o sarao del día siguiente y pasaban la noche en un sillón para conservar intacto el magnífico edificio de su peinado". Así lo cuenta Francisco Barado en su obra Historia del peinado, publicada en 1880.


Sin mi pelucón, ni a la esquina.

Este artículo sobre las pelucas viene de una promesa que hice cuando desnudé a una pareja rococó en otra entrada. Me comprometí entonces a escribir sobre los postizos femeninos, sin darme cuenta de que fueron los varones barrocos los que desataron la fiebre por ellos. Así que hagamos las cosas bien, y no como siempre.


Photocall de sarao rococó.
La Historia está llena de pelucas, desde Nefertiti a Nerón y lo que te rondaré, morena. Pero a nosotros nos interesa Luis XIII (1601-1643), rey de Francia. El pobre hombre se quedó calvo a los veintipocos años, así que mandó que le tejieran una trama de cabellos para ocultar su alopecia. Pronto descubrió el segundo Bourbon -el mío sin hielo, por favor- que la peluca era más cómoda de llevar que una corona, y que no le restaba distinción ni prestancia; más bien al contrario. Y ya sabes lo que pasa: "Si el rey juega, todos tahúres; si el rey bebe, todos borrachos". Así que su hijo, el Delfín Luis, educado en esa costumbre real extendida a los nobles y a los nuevos ricos de la incipiente burguesía, vapuleada por Molière, pudo elevar sus pelucas a la consideración de aureola: no en vano fue el Rey Sol.

Luis XIV era un sol de rey.
Luis XIV tuvo cuarenta peluqueros (a la vez), no solo peinadores, sino también diseñadores de monumentos capilares. No se quitaba la peluca ni delante de su ayuda de cámara. Y eso que el peso del armazón capilar provocaba hemicráneas, vértigos, picor y comezón, zumbidos, y apoplejías, o ictus.

Ningún petimetre en sus cabales salía de casa sin llevar, o sin que le llevaran sus criados, un juego de varillas de oro, plata o marfil para rascarse el cuero cabelludo sin quitarse el pelucón. Lo mismo que los palillos chinos o una aguja de calcetar para una escayola.

Carlos II de Inglaterra (1630-1685), exiliado en Francia durante la dictadura de Cromwell, importó la moda de las pelucas cuando la monarquía fue reinstaurada en Inglaterra, allá por 1660. "¿Y en España qué?", te preguntarás. Pues mira, aparte de corona pilosa, preservativo contra piojos, chinches y pulgas y caritativa caperuza contra los estragos del sifilítico mal francés (ellos lo llamaban mal español), la peluca también fue pabellón de guerra. 

Los Austrias españoles, que ya eran por entonces austrias menores, estaban a la greña con Francia e Inglaterra por un quítame allá esas colonias o esos Países Bajos. Por eso en España no triunfó el muy barroco invento francés de los pelucones, pues hubiera sido lo mismo que plantar una flor de lis en lo más alto del Alcázar Real de Madrid.

Nuestros trastatarabuelos no se calaron el postizo gabacho hasta la Guerra de Sucesión. Cuando Felipe V, nuestro primer Bourbon -¡otra ronda, sivuplé!- llegó al trono del Imperio Hispánico, se trajo consigo, junto con sus granaderos y dragones, un regimiento de coiffeurs. Obsérvese la diferencia estilística entre el rey nuevo, a la izquierda, y nuestro hechizado Carlos II, el último de su dinastía, que luce la melena partida en crenchaa la nazarena.


Ya conté que Felipe V sufría trastorno bipolar y satiriasis. Con semejante cuadro y el estrés de la Guerra de Sucesión, no debe extrañarnos que se le cayera el pelo. En 1701, su ayuda de cámara, el conde de Benavente, escribía a París demandando pelucas para su señor: "El pelo ha de ser de caballero o de señorita y, sin que haya engaño en esto, de personas de confianza, para que no sean objeto de sortilegios".

No tardaron en aparecer por Madrid, capital del reino, cohortes de lechuguinos como el que recoge Arkelio Rapsodia en un ensayo de 1806 sobre las pelucas y otros complementos: "Se nos aparece en la Puerta del Sol o en el Prado, un señor con un almohadón de pelo, en forma de pirámide o rueda de molino con cinco o seis cañutos colgando de las orejas, y un disforme y larguísimo rabo negro, despidiendo una nube de polvo por todos los lados".

Durante el XVIII, las melenazas postizas de los varones se fueron acortando hasta recogerse en una bolsa de seda o en una coleta anudada que colgaban sobre la espalda. Se peinaban sobre las orejas en forma de alas de pichón o, como decía Arkelio, en uno o más cañutos. Si comparas las imágenes de Fernando VI (1713-1759) y de quien le sucedió en el trono, su hermanastro Carlos III (1716-1788), verás el cambio entre las dos mitades del siglo.



Te imaginarás que aquel capricho, moda, estandarte, necesidad higiénica o como quieras catalogarlo se convirtió pronto en un negocio. Negocio pingüe, claro, pues la calidad, complicación y número de pelucas daban marchamo de clase. Mesié Binette, el peluquero favorito de Luis XIV, poseía carruajes y lacayos con librea y llevaba un fastuoso tren de vida. Se hizo tan famoso que binette se convirtió en sinónimo de peluca. 


Los postizos rescataron a los gremios de barberos europeos, pues desde 1745 se les prohibió ejercer como dentistas y cirujanos menores. El bando se publicó primero en Inglaterra y luego se extendió por el continente. Así que a los raspabarbas no les quedó otra que reconvertirse en arquitectos capilares. Los que no daban palmas con las orejas fueron los sombrereros, pues no había manera de calarse un tres picos sobre aquellos torreones. Se salvaron porque los señores tomaron la costumbre de llevar el sombrero candilón bajo el brazo, sin cubrirse.

La demanda de pelo natural para las pelucas de calidad fue tal que los fabricantes pagaban la onza (28 gramos) a lo que hoy es un euro. Y ya te imaginarás los kilos que harían falta para tejer aquellas melenazas rizadas. Las mozas cortaban sus trenzas y se las entregaban a los mayoristas a cambio de delantales, sayas o cofias, nunca por dinero. Había pelucas de estraperlo, claro, fabricadas en talleres clandestinos que evitaban los impuestos reales y que usaban pelo de cabra o caballo. William Pitt, primer ministro inglés, quiso gravar, incluso, el empolvado, que debían recaudar los barberos. Afán inútil, porque la gente empezó a empolvárselas en casa con harina o cal, en vez de usar polvos de arroz.

Los buhoneros vendían pelucas de segunda mano y, cuando llegó la Revolución Francesa, se traficaba con las que caían en los cestos de la guillotina. Entenderás que, por entonces, los aristócratas mandaran sus pelucas, que eran una confesión de actividades contrarrevolucionarias, a hacer gárgaras; más cara les era la vida que un postizo. Muestra de la frivolidad del siglo es que se puso de moda entre las mujeres de clase alta rasurarse el pelo de la nuca, como una especie de fanfarrón desprecio hacia los verdugos. Lo llamo fanfarrón porque esa moda nació, claro, al día siguiente de haber terminado El Terror, en la primavera de 1794. Tal peinado se llamó a lo sacrificio y con él iban a bailar como locas a los llamados Bailes de las víctimas, en los que no podían entrar más que quienes certificaran que algún pariente había muerto en el cadalso...


Ya preveía yo que esto de las pelucas iba a dar para peinar y repeinar, así que lo voy a dejar aquí con la promesa renovada de seguir en el próximo post. De momento, voy a brindar a la salud de los Bourbon, invendores de esda moda... ¡Que nossssirvan la esbuela, que invido yo!... ¡Hip!

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