miércoles, 20 de abril de 2016

NO LLEVES JERSEY 

DONDE USES PANAMÁ





Salvo que seas Sean Connery, claro, que solo suda whisky de malta de treinta años y se lo bebe sin hielo. Los demás, los pobres mortales, si nos ponemos un jersey en Panamá, lo mínimo que podemos esperar es una urticaria.

La verdad es que así le ponían las bolas a Felipe II... No, no digo Isabel de la Pérfida Albión, ni los calvinistas holandeses, ni el piratón de Drake, ni los corsarios berberiscos, que se las hinchaban cada dos por tres. Hablo de las bolas fáciles que le dejaban al Austria sus cortesanos en la mesa de trucos, bisabuela del moderno billar. A mí, que no soy rey más que en casa de mamá, la actualidad me lo ha puesto en bandeja para contarte otra historia de las pequeñas cosas de la Historia. Porque hoy pienso hablarte de dos prendas antípodas y, sin embargo, tan cercanas entre sí: el panamá tropical y el jersey boreal.

Un prenda, digo una prenda inadecuada
puede provocarte sudores fríos.

¡Qué tiempos aquellos en los que, con suficiencia y desdén, repartíamos marchamos de "república bananera" a diestro y siniestro! Y qué anacrónico se nos ha quedado aquel desprecio. ¿"Monarquía bananera" será más de nuestra talla? Voy a pensarlo... 

Y mientras lo pienso, déjame contarte que el panamá es un sombrero originario de... ¿de dónde va a ser? ¡De Panamá!... ¡Eeeeeeerror! El jipijapa, uno de sus nombres originales, es un tocado típico de Ecuador que se fabrica con las hojas de la palmera toquilla (Carludovica palmata). De ahí, sombrero de paja-toquilla, aunque también es conocido por montecristi, el cantón ecuatoriano donde se fabrican loss finos de tales complementos.


Pedro Almodóvar,
a cubierto con su panamá.
Vaya, ¿y de dónde sale la metonimia? Esa también me la sé: viene del Canal de Panamá, que empezó a cavar Ferdinand de Lesseps en 1881; Lesseps es el mismo que abrió el de Suez. Para proteger del sol inclemente a los obreros del colosal tajo, fueron importados miles de jipijapas. Lesseps tuvo que abandonar la obra, pero su segundo, Philippe-Jean Bunau-Varilla, ofreció el proyecto a los Estados Unidos, que aceptaron a cambio de la independencia de Panamá, territorio colombiano por entonces. El 3 de noviembre de 1903, Panamá cambió su dependencia de Bogotá por la de Washington. Once años después, el 15 de agosto de 1914, se inauguró el canal interoceánico y Theodoro Roosevelt, cubierto con un jipijapa, hizo un tremendo favor a los fabricantes ecuatorianos de toquillas dejándose fotografiar con su metonimia indumentaria.


El presidente Roosevelt en una grúa del Canal.

No hay un solo tipo de panamá, sino dos: el clásico, llamado "de copa óptima", y el snap brim, de copa plana. El primero tiene una cresta central que facilita su enrollado. La prueba de la calidad de un jipijapa es, justamente, que se pueda enrollar a tal punto que pase por una alianza matrimonial. O eso dice la leyenda.


Panamás de copa óptima.


Panamá montecristi en su caja.

Así pues, el panamá desmiente a Jesucristo, pues uno de los sombreros más característicos del poder, sobre todo del colonial, casi atraviesa el ojo de una aguja en su versión más cara y sus dueños entran y salen a su antojo en el Paraíso... fiscal.


Otro Roosevelt, F.D., y Churchill con sus panamás.

Despeguemos del edén tropical de Panamá y aterricemos en otro menos soleado. Las islas de Guernsey y Jersey, ubicadas en la costa normanda, no son inglesas ni francesas, sino dependencias de la Corona británica; su forma política es la de un bailiazgo, territorio gobernado por un baile o delegado real. Ambas ínsulas regalaron sus nombres a la cota de lana que usamos en invierno. 

En el siglo XVI, sus habitantes obtuvieron licencia para importar lana merina inglesa con la que tejieron reputadas prendas de punto. Reputadas entre las gentes del común, claro, pues los nobles no las tocarían ni con la punta de la espada: era ropa de pescadores, marineros, campesinos y "demás chusma". Para proteger a sus maridos e hijos del frío del océano, las mujeres de las islas del Canal hilaban la lana con estambre y creaban así una malla impermeable y duradera. El mismo Lord Nelson confió en los guernseys para uniformar a su marinería y, así, el jersey se benefició de la fama de los éxitos navales de la Gran Bretaña. El catálogo de símbolos de un jersey clásico tiene mucho que ver con el mar:

-el canalé de los puños es la escala del barco,
-las costuras encadenadas del cuello son cabos,
-las cenefas de punto derecho-derecho en los hombros son las olas del mar.


Infante de marina británico
con jersey reglamentario.
Hoy es posible ver a la familia real británica con sus guernseys de lana, verdaderos estandartes de las dinastías y las naciones, como bien hemos comprobado estos días al observar como los caudales que deberían estar en las arcas de todos se acogen a las banderas de conveniencia, a los pabellones corsarios de Panamá y Jersey. 

Y hasta aquí esta -istoria sobre dos prendas que, cada una en su lugar, sirven para proteger lo que no se quiere mostrar a la luz del sol ni orear a los aires limpios del océano. Dos metonimias de los oscuros manejos del Poder.

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miércoles, 13 de abril de 2016

LOS ENEMIGOS DE EL ZORRO





Alonso Quijano, "un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor"... No, no estoy haciendo publicidad de mi última novela, En un maldito lugar de la Manchaaunque podría. Al fin y al cabo, y con permiso de Blogger y G+, es mi blog. Pero, en realidad, la cita viene a cuento de una de las palabras que aparecen en la universal apertura del Quijote: "adarga".

¿Qué era una adarga? En un libro publicado hará un par de años, Las 101 cagadas del español, encontré la 102 en una hojeada que le dí en una librería. La autora decía que la adarga era "una lanza". No sé si lo habrán corregido después; conste que yo se lo transmití a la editorial -la de las enciclopedias- en su cuenta de Facebook. Guerra avisada no mata soldado, por lo menos en la segunda edición...

La adarga era un arma, pero no ofensiva, sino defensiva: hablamos de un escudo de cuero de forma bilobular u ovalada que no hay que confundir con la rodela, que es lenticular. La versión bilobulada era andalusí y ya se usaba en la Edad Media. Y se la llevaron los conquistadores a América y llegó, incluso, a la Edad Contemporánea, es decir, después de la Revolución Francesa.

Adarga andalusí del siglo XIV.
Ilust.:Angus McBride
The Moors / Osprey Publishing.

Rodelero de Hernán Cortés
con adarga (s. XVI).

Con la explosión de las armas de fuego, los escudos fueron desapareciendo de los campos de batalla europeos, pero no de los americanos. Si las adargas de las tropas de Cortés y Pizarro fueron suficientes contra las armas de piedra, bronce, madera y hueso de incas y aztecas, también cumplieron de sobra contra los pieles rojas del sur de los Estados Unidos. Y a eso venía yo...

Hace tres siglos, mientras los franceses levantaban guillotinas en París, los españoles aún levantaban misiones en Nuevo México. Y aquello no fue empresa menuda. El virreinato de Nueva España administraba -peor que mejor, dado su colosal tamaño- un territorio que abarcaba, en la segunda mitad del XVIII, casi una veintena de los actuales estados norteamericanos, desde Washington, en el extremo N.O. (el estado, no la ciudad capital), hasta Florida. En 1790, Nueva España tenía una superficie de siete millones de kilómetros cuadrados, repartidos entre Norte y Centroamérica y las posesiones españolas en Asia y Oceanía.


Territorios de Nueva España en 1795. Fuente: Wikipedia.

Todo lo que ves en rojo formaba parte del virreinato de Nueva España, desde Puerto Rico hasta las Filipinas. Una de las zonas administrativas del virreinato eran las llamadas Provincias Internas, de cuya guarda se encargaban los dragones de cuera. La distinguirás mejor en un detalle del mapa.


También observarás un punto rojo en el ángulo noroccidental, en Vancouver, hoy territorio de Canadá. Ese lugar es la isla de Nutka, donde se estableció el más norteño de los enclaves españoles en el Pacífico: Santa Cruz de Nuca. Lo protegía un fuerte guarnecido por la Compañía Franca de Voluntarios de Cataluña, resultante de la fusión de esta fuerza colonial con sus paisanos de los Fusileros de Montaña. Aparte de controlar el intenso tráfico de pieles y de balleneros en la zona, estos soldados vigilaban a las avanzadillas rusas que entraban desde Alaska. Si alguna vez pensaste que los únicos enemigos de España en el XVIII eran los británicos y sus aliados de ocasión, empieza a añadir a esa lista a cheyennes, comanches, apaches y demás familia piel roja y, en el extremo norte, a los hijos de la Madre Rusia. Pues bien, la mayor parte de aquellos territorios americanos, los más soleados, los defendían soldados con escopeta y adarga. Su nombre: dragones de cuera.


Dragón de cuera español en 1790.

¿Por qué dragón? Un dragón era, en origen y grosso modo, un infante a caballo que cumplía patrullas, vigilancias, merodeo y exploración y que también asaltaba, emboscaba, hostigaba y castigaba. 

En el caso que nos ocupa, se trataba de una policía militar de frontera; si prefieres, carabineros, pues esa es el arma de un infante a caballo: la carabina. Sin ir más lejos, los míticos regimientos de las guerras indias estadounidenses -como el Séptimo- peleaban como dragones. No les quedaba otra; luchaban igual que sus enemigos: a salto de mata, a caballo, a pie y sobre sus barrigas, arrastrándose para una emboscada o en un acecho. 

¿Y por qué de cuera? La cuera era un tabardo, por tanto sin mangas, de varias capas de pellejo recio. Fungía como una armadura que al principio cubría los muslos; en versiones posteriores se convirtió en un coleto, como es el caso del dragón que abre este artículo.


Dragón de cuera por el ilustrador J. M. Bueno.

¿Y dónde se cuela aquí la adarga? Pues en la panoplia de estos dragones españoles de los desiertos y las llanuras del Lejano Oeste. Además de carabina, portaban pistolas, espada ancha, lanza y la defensa que reforzó su pintoresquismo: la adarga, tanto bilobular como ovalada, suficiente para frenar los tomahawks y las flechas de los pieles rojas. Algunos de estos soldados coloniales emplearon también el arco y las flechas propios de sus enemigos.

Ilust.:David Rickman
The Spanish Army in 
North America 1700-1793
Osprey Publishing
En la ilustración de David Rickman disfrutarás de la extravagante -pero eficaz- combinación de una pistola del XVIII y un escudo del XIV, empuñados por un cuera del fin de la Edad Moderna.

Llegados aquí, resulta que el sargento García, el orondo y torpe adversario de El Zorro, caricatura de aquellas tropas que lucharon contra cheyennes, pawnies y apaches, entre otras tribus y naciones indias, no era otra cosa que un dragón de cuera. 

El autor de la novela sobre el héroe zorruno, el estadounidense Johnston McCulley, y los guionistas de las versiones para TV y cine crearon un universo de españoles malvados, como el pérfido y castizo comandante Monasterio, nacido en Madrid, y de hidalgos criollos dados a luz en América, como Diego de la Vega, gente bien nacida y no como los castellanos.


El sargento García y su troupe.
Pues bien, a despecho de esa imagen opresora, la mayoría, por no decir el total, de aquellos soldados que defendieron la frontera norte del Imperio español en América no eran peninsulares, sino criollos blancos, hijos de esclavos negros, mestizos e indios. Si te paras a pensarlo, una hueste heterogénea que recuerda a las tropas que hoy quieren imponer la Pax Americana por el mundo adelante: rednecks, afroamericanos e hispanos. Gente de sangre fronteriza para defender las fronteras imperiales.

En los tórridos desiertos y llanos sureños de los Estados Unidos, los dragones de cuera soportaban el calor, el polvo y las emboscadas de las bandas indias embutidos en sus gruesos tabardos de piel y en las chupas -azules con vivos encarnados- de paño basto. Su acuartelamiento -su lugar a la sombra- eran los presidios, no entendidos como cárceles, sino como fortificaciones avanzadas que formaban una extensa red defensiva. De ahí que los dragones sean también conocidos como caballería presidial.

El origen de esta cadena de castros estuvo en la revuelta de los indios pueblo de 1680, una de las más violentas registradas en la América colonial española. Un buen ejemplo de este tipo de edificio castrense es el fuerte de Tubac, el primer asentamiento europeo en Arizona, muy cerca de Tucson.



Presidio de Tubac (Arizona)
Ilustr.: Stephen Walsh
Spanish Colonial Fortifications
in North America (1565-1822)
Osprey Publishing

Dichos fuertes se levantaban, generalmente, junto a una misión o un enclave civil, a los que protegían de las algaras indias. Pero la misión cotidiana de las fuerzas destinadas en ellos era la de patrullar amplias zonas de Texas, Nuevo México o Arizona y, desde luego, las de perseguir y castigar a las partidas de merodeadores.

Los dragones de cuera y sus presidios recuerdan  a la organización militar del Bajo Imperio Romano, ya próximo a su fin. Fuerzas de limitanei ligeras patrullaban el limes, la frontera, y contenían a los bárbaros, a la espera del concurso de los comitatenses, ejércitos de campo mejor adiestrados y bien armados que eran proporcionales, en este caso, a la infantería regular española.


A cada presidio se destinaba una compañía de dragones, todos voluntarios por un período de diez años; en teoría, alrededor de noventa hombres al mando de un capitán. La muestra de que esto no se cumplía era que, en 1764, las Provincias Interiores tenían veintitrés compañías con un total de 1271 dragones, 800 menos de los reglamentarios. 
Cada cuera tenía a su cargo una mula, un potro y seis caballos, uno de ellos siempre ensillado.

Guerreros comanches según George Catlin.

A la caza de mesteños, también de Catlin.

Y de de sus enemigos, ¿qué? Los conoces de sobra, los has visto en tantas y tantas películas, luchando contra soldados y colonos anglosajones cien años después, que casi son de la familia. Y, sin embargo, los dragones de cuera ya se las vieron, y del modo más crudo, con apaches, comanches -los más belicosos-, cheyennes, navajos, chiricauas, mescaleros, mimbreños, jicarillas, ponis, hopis y wichitas, entre otros.

En las llanuras fronterizas no se luchaba como en Europa, en formaciones cerradas en las que se abrían claros por efecto de cadenciosas descargas de artillería y fusilería, y en las que los hombres caían como bolos derribados. Los indios eran expertos en la guerra de guerrillas, así que los presidiales tuvieron que adaptarse a ella. Al fin y al cabo, muchos eran tan nativos como los propios pieles rojas.

Uno de los mejores ejemplos del origen netamente americano de los cuera, ya fuesen criollos, mulatos, mestizos o indios, fue Juan Bautista de Anza, militar novohispano nacido en Sonora, pero de ascendientes vascos. Su padre, también militar, murió peleando contra los apaches. Anza exploró varias rutas desde el sur hacia la Alta California hasta que dio con un camino seguro para la colonización. Fue él quien eligió el lugar donde se fundaría San Francisco. Consiguió también derrotar al mayor de los jefes comanches, Cuerno Verde, y detener así sus razzias, algunas muy sangrientas.



Expedición de castigo de Anza en La Comanchería.

¿No te parece que toda esta parte de la Historia de España viene perfumada con el genuino sabor de la aventura? ¿Concibes la espectacularidad de tales imágenes en una pantalla, resueltas con lealtad histórica y eficacia comercial? Sí, claro, sigue soñando, panoli... Si hemos sido tan mezquinos de dejar pasar de nuevo un centenario de Cervantes, ¿qué podemos esperar de la recuperación de unos centauros del desierto no solo desconocidos, sino que de ser descubiertos por el común serían probablemente repudiados por opresores, instrumentos coloniales y tal y tal y tal? Algunos no soportan más color en sus vidas que el de sus prendas deportivas. ¡Ah!, se me pasaba; tampoco celebramos a Cervantes en 1916, pero aquellos, por lo menos, tuvieron una coartada: la Gran Guerra.


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miércoles, 6 de abril de 2016

¿TARDA LA PIZZA? 

VENDRÁ DE TROYA...




De las cenizas de Troya nació, como un ave fénix de las pajareras de Venus, el imperio romano. Así lo creía Virgilio; bueno, la verdad es que no lo creía: era adulto, culto e inteligente. Lo que quiso con la Eneida, el poema épico sobre Eneas y el origen de Roma, fue, primero, hacerle la rosca a Octavio Augusto; segundo, contribuir, por vía divina, a la legitimidad del primer emperador; y tercero, colaborar en la propaganda de los senadores terratenientes y esclavistas, los dueños del imperio.

Eneas, hijo de Venus y de Anquises -y por tanto semidiós-, escapó de la destrucción de Troya, su patria, con su padre a cuestas y con su hijo Ascanio de la mano; así lo pintó Federico Barocci en 1598 en el cuadro que abre esta entrada. El crío sería llamado Iulo en Italia, cambio de nombre que lo convirtió en el origen de la gens Julia, a la que perteneció Cayo Julio César, y de la dinastía imperial Julio-Claudia: Octavio Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón. De la estirpe de Ascanio-Iulo nacieron Remo y su hermano Rómulo, el fundador de Roma. Según la lógica de los mitos, cuando la República plantó sus caligas en la península griega en el 146 a. C., Roma no estaba conquistando a los helenos, sino que Troya se estaba vengando de ellos.


Venus y Anquises, los padres
de Eneas, según Annibale Carracci.
Como una versión troyana de Odiseo, Eneas y Ascanio acabaron en el Lacio itálico después de peregrinar por el Mediterráneo. El semidiós tenía que cumplir la profecía que anunciaba su matrimonio con la hija del rey Latino, la princesa Lavinia. Pero lo que hoy nos interesa en esta entrada es la quinta escala de su odisea, cuando alcanzó las islas Estrófadas, en el archipiélago jónico, hogar de las Arpías, que eran todo "h": harpías, horrendas y hediondas.

Tras desembarcar y explorar la deshabitada isla, los peregrinos mataron unas cuantas reses, aparentemente sin dueño. Cumplieron con el sacrificio a los dioses y prepararon el banquete. Pero cuando se disponían a comer, las harpías se lanzaron sobre Eneas y sus camaradas y les quisieron robar la pitanza después de cagar y vomitar sobre ella, que era su repugnante táctica.

Eneas y sus compañeros luchan con las arpías en la versión de François Perrier (1646-47).

Para mí que no se trataba más que de gaviotas, pero a los griegos les gustaba adornarse para contar una historia más que a Valdano y a Calamaro mano a mano. Y si no, mira la Filosofía: tanto romperse la cabeza para, después de todo, concluir que solo sabían que no sabían nada. ¡Hombreeee!, perdón... Andróooos!, si hay que ir se va, pero ir pa'ná

El caso es que los troyanos en fuga, que venían calentitos por haber perdido Ilión y con más hambre que Carpanta, sacaron arcos y flechas y empezaron a pinchar arpías. Una de ellas, "la fatal Celeno", los maldijo:
"¿Conque guerra? ¿guerra tras degollar nuestros ganados? Oíd, y que se os graben mis palabras: ¿rogáis por vientos para llegar a Italia? Pues a Italia sin duda llegaréis, pero la urbe que se os destina no tomaréis sin que antes este agravio os cueste un hambre tal que a dentelladas lleguéis a devorar las propias mesas".

La harpía Celeno, según Francesco
Bozzetti.

"¡Y ahora vas y lo cuentas, Eneitas!", le faltó decir a la arpía Celeno. " No, que ya lo contará Virgilio", le pudo responder el de Ilión. Aquí hago una elipsis y me voy del libro III de la Eneida al VII, donde los troyanos han llegado al Lacio. Eneas y los suyos, echados sobre la hierba, comían "manjares sobre tortas de harina, que servían como sostén a los silvestres frutos". Cuando después de comerse lo de arriba, hincaron el diente en las tortas, el hijo de Eneas, que ya era Iulo, gritó entre risas: "¡Mirad, nos comemos las mesas!". Y allí mismo se cumplió el destino de los últimos troyanos: tomaron el Lazio e inventaron la pizza, todo así, con mucha "z".

A ver, para ser exactos, usar panes sin levar, pan ácimo, como soporte de otros alimentos es costumbre antiquísima. Darío el Grande comía dátiles y requesón sobre tortas finas; los griegos, sus enemigos mortales, las llamaban plakuntos y las alegraban con hierbas, especias, ajo y cebolla.

Versión moderna del plakuntos.
Siglos después de que Eneas y los suyos se comieran las mesas, los legionarios romanos cocían panes de campaña de origen etrusco, la focaccia, quizá como los que dice Virgilio que hicieron reír a Ascanio allá en los prados latinos. En el Rosellón, a la coca catalana, de la familia de las tortas mediterráneas, se le llama fogassa. Naturalmente, el gastrónomo romano Apicio tiene recetas en su De re coquinaria que son las antepasadas de las margaritas, cuatro quesos y demás parentela.


Pero el primer testimonio escrito sobre algo llamado pizza lo encontramos en un texto en latín vulgar del año 997 d. C., en la Alta Edad Media. Se trata de un acta notarial del concejo de Gaeta, en la región del Lacio, sobre un contrato de arrendamiento de un molino, propiedad de la iglesia, en el río Garellano. En realidad, es un diezmo sobre la molienda, con obligación de entregar al obispo Bernardo doduodecim pizze -"doce pizzas"- en Navidad y en Pascua. Tal documento se conserva en la catedral de Gaeta. Nótese que el documento dice "doduodecim", degeneración de duodecim.

Focaccia vulcanizada de Pompeya.
Fuente: Wikipedia.
Hasta el XVIII se comió pizza bianca, sin tomate. Traídos del Perú, se los tomó por venenosos y su cultivo se limitó a la jardinería durante un par de siglos. 

Cuando a finales del siglo XVI el tomate arriba a Italia es bautizado con el nombre de pomo d'oro, "manzana dorada", pues el color de las primeras variedades era entre verde y amarillo. Fueron los paisanos de los arrabales napolitanos los primeros en cubrir sus tortas de pan levado con salsa de tomate. Corría el año 1734. Dicen que tal innovación nació de un pique entre taberneros. Los que ofrecían macaroni -muy especiados y calientes- los empezaron a bañar con salsa de tomate. Como era novedad, los clientes acudían como moscas, así que los obradores de pizza blanca no se quedaron atrás. 

Pero el espaldarazo a la pizza, comida de lazzaroni, la chusma napolitana, se lo dio uno de sus reyes, Fernando I de las Dos Sicilias, hijo de Carlos III. Para evitar que se escapara de palacio para ir a comerla en tugurios, su esposa, María Carolina de Austria, mandó construir un horno para pizzas en su residencia de verano, el palacio de Capodimonte.

Fernando y María Carolina, por
Francesco Liani.
Y ya se sabe, si el rey juega, todos tahúres; si bebe, todos borrachos. En consecuencia, a la nobleza napolitana no le quedó otra, entre risitas nerviosas y mohines de asquito, que aficionarse a comer "la mesa de Eneas". Por una vez, sus pañizuelos no se mancharon solo de rapé, sino que ahora tenían que limpiar el tomate plebeyo de las comisuras de sus labios. Y así hasta conquistar Queens, Bronx, Manhattan y el mundo entero, pero esa es otra historia. 
Así que, a partir de ahora, cuando pidas una pizza a domicilio y el repartidor se retrase un poco, sé indulgente: ya ves que viene de Troya.

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miércoles, 30 de marzo de 2016

LOPE DE AGUIRRE:

LOCO SÍ, TONTO NO






El Perú tuvo que ser conquistado dos veces, quizá por eso decimos -o decíamos- que algo que vale un Perú es que vale mucho. La primera conquista fue la de Pizarro y sus hombres de armas, la banda de guerra que acabó con el imperio incaico. Eso fue al rematar el año de 1532, cuando los castellanos apresaron al inca Atahualpa, aunque la lucha contra la resistencia indígena no terminara del todo ahí.


Guerreros incas en tiempos de la Conquista.
Ilustración de Angus MacBride (Osprey Publishing).

Pero la codicia de Pizarro y el rencor de Diego de Almagro, su lugarteniente, obligaron a la corona a reconquistar el territorio tras una serie de guerras civiles que se libraron entre 1537 y 1554. Uno de los protagonistas de aquel fratricidio fue un aventurero castellano, el hidalgo Lope de Aguirre (1510-1561). Sí, he dicho castellano, pues la villa donde nació, Oñate, perteneció al Reino de Castilla hasta 1845, año en que se integró en la provincia de Guipúzcoa.

En 1536 o 1537, Lope llegó al Nuevo Mundo. Tomó partido por el primer virrey del Perú, Blasco Núñez Vela, contra Gonzalo Pizarro, hermano menor de Francisco y caudillo de los encomenderos rebeldes. Derrotado el virrey, Aguirre huyó. En 1551 volvió a Perú, donde fue juzgado por maltrato a los indígenas y, a pesar de su hidalguía, sentenciado a públicos azotes. Insultado y despechado, no tuvo otra mira en varios años que vengarse del juez que lo ofendió, Francisco de Esquivel, a quien dio muerte en 1554. A pique de subir al patíbulo por ello, el corregidor Alonso de Alvarado lo indulta y lo recluta para continuar la lucha contra los encomenderos rebeldes.

Fuente: Wikipedia.
Terminadas las guerras civiles peruanas, el virrey Hurtado de Mendoza se quita de encima a las catervas de soldados licenciados y ociosos animándolos a encontrar El Dorado. El veterano Pedro de Ursúa parte de Lima con trescientos españoles y remonta el río Marañón, de ahí el nombre de los aventureros: marañones.

Un año más tarde, Aguirre se amotina y mata a Ursúa. El 23 de marzo de 1561, Lope, que se apela El Peregrino, obliga a sus marañones a firmar una carta para el rey de España, Felipe II, en la que le anuncia que se proclama Príncipe del Perú, Tierra Firme y Chile. Firma como El Traidor. Lope de Aguirre y sus cimarrones renegaban de España y, por tanto, el Austria podía dar Las Indias por perdidas. O eso pretendían.

Siete meses más tarde, el 26 de octubre de 1561, sus camaradas lo matan, lo descuartizan y conservan su cabeza para exponer su rostro, de nuevo, a la pública vergüenza. Desde entonces, Aguirre ha sido tachado de criminal megalómano, cruel hasta el sadismo y paranoico, de ahí Aguirre El LocoY sin embargo, dos siglos más tarde, tal sedición fue considerada por Simón Bolívar la primera declaración de independencia americana y, por tanto, reivindicó a Aguirre como un adelantado de la liberación.


A los lados, rodelero y piquero en América (S. XVI). 
Según la ilustración, el que los acompaña es un arcabucero, 
pero por el tamaño de su arma y la horquilla tendría que ser, 
más bien, un mosquetero.
Ilustrador: Angus MacBride (Osprey Publishing).

Aquella carta es hoy resonante. Para esta entrada he seleccionado párrafos del original, conservado en el Archivo de Indias y accesible en Internet. Con ustedes, españoles del siglo XXI, Lope de Aguirre El Loco, cimarrón y traidor, un insumiso de hace cinco siglos...

"Te aviso, rey español, que, para tan buenos vasallos como tienes en estas tierras, que no nos queda otra que salir de tu obediencia. La culpa es de las grandes cargas e injusticias que sufrimos de tus ministros que, por remediar a sus hijos y criados, usurpan y roban nuestra fama, vida y honra. Así hacen creer que todo súbdito inocente es loco y muestran con ello que tu gobierno es aire".

"Cuida, rey español, de no ser cruel con tus vasallos, ni ingrato con ellos, pues estando tu padre y tú en los reinos de Castilla, sin ninguna zozobra, te han dado tus vasallos, a costa de su sangre y hacienda, todo lo que en estas y otras partes tienes. Y mira, rey, que no puedes llevar el título de justo en una nación donde no aventuraste nada, sin que los que en ella han trabajado sean gratificados. Qué lástima tan grande que tu padre gastase tanta moneda, por eso duélete de alimentar los pobres cansados en los frutos y réditos de esta tierra, y mira, rey, que, aunque solo sea en la posteridad, para todos hay justicia y premio, paraíso e infierno. Es verdad que son pocos los reyes que van al infierno, porque no sois muchos; que si muchos fueseis ninguno podría ir al Cielo, porque creo que allí seríais peores que Lucifer, según tenéis codicia y ambición".

"Atiende, rey católico, a la corrupción de los clérigos de esta nación. Si quieres saber la vida que tienen, te diré que entienden de mercaderías y de bienes temporales, y de vender los sacramentos de la Iglesia al mejor postor; y que son enemigos de los pobres, gente sin caridad, ambiciosos, glotones y soberbios como cortesanos. Por cierto, no hacen falta testigos para avisarte de cómo estos, tus ministros, tienen cada año cuatro mil pesos de salario y ocho mil de costa, y al cabo de tres años tienen cada uno sesenta mil pesos ahorrados, y heredamientos y posesiones; y con todo esto, quieren que cada vez que los topemos, nos hinquemos de rodillas y los adoremos como a Nabucodonosor; cosa insufrible, por cierto. Ojo con ellos, pues tienen un refrán que los resume: A tuerto y a derecho, nuestra casa hasta el techo".


Ni tan loco el Loco Aguirre, ¿verdad? Como en el chiste del majara subido en la tapia del manicomio: "Yo estoy aquí por loco, amigo, no por tonto".

Puedes leer la entrada anterior de este blog aquí:
http://escribirhistorica.blogspot.com.es/2016/03/el-ultimo-trago-de-cristo-no-lo-busques.html

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